
HELENA
La mujer más bella del Mediterráneo, capricho de príncipes y objeto de deseo.
Eso es:
capricho y objeto.

Sus hermanos los DIÓSCUROS, Cástor y Pólux, se empeñaron en llevar a cabo empresas importantes para forjar su educación heroica.
Su primera misión fue rescatarla de los brazos del inestable príncipe Teseo, que quería una hija de Zeus. En esta aventura los ayudó ACADEMO, que conocía bien Atenas.

Para asegurar la cohesión de la flota griega ante el inminente viaje a Troya, su padre Tindareo, asesorado por el sagaz Odiseo, arrancó un juramente a los innúmeros pretendientes: acudirían en ayuda del elegido como esposo de Helena en cualquier circunstancia.

En un papiro antiguo se conserva la lista de pretendientes de la princesa. Algunos nombres son muy conocidos:

Agamenón
Anfíloco
Áyax el Grande
Áyax el Menor
Diomedes
Filoctetes
Idomeneo
Licomedes
Macaón
Menelao
Menesteo
Néstor
Odiseo
Patroclo
Teucro
MENELAO, hijo de Atreo, hermano de AGAMENÓN, resultó agraciado en esta especie de concurso.
A Helena le pareció la opción mejor, porque tenía un «perfil bajo». Aunque, al final, TINDAREO lo eligió para sucederlo y ella se convirtió en reina de Esparta.

HELENA se casó con MENELAO porque era un rey para tiempos de paz. Quería una vida normal y tranquila en Esparta. Su marido no tenía grandes pretensiones: sería una buena manera de que no la pretendieran más a ella.
Luego vino aquello de la embajada de Príamo, con el bello PARIS al frente. No fue un rapto. HELENA se fue voluntariamente.

PARIS había sido abandonado cuando era un bebé. Su madre HÉCUBA vio la desgracia de Troya en sueños. El padre PRÍAMO cometió un error típico de rey: abandonar al niño para que no se cumpliese la profecía. Tenía la esperanza de que sus rizos rubios inspirasen piedad en alguno. Su súbdito Agelao lo adoptó y lo crio como a un hijo.

PARIS nació por segunda vez al ganar los juegos que hacía su padre en su honor cada año. El muchacho tenía hambre de gloria, quería demostrar el poder de su sangre. Todos los huérfanos, expósitos, supervivientes y SEGUNDONES actúan igual.

Con el amor de HELENA quería ser más grande que HÉCTOR.
Su hermano era su sombra: era contenido, tenía dominio de sí mismo, era el heredero, el guardián de Troya. En cambio él era apasionado y con tendencia a la melancolía.

HELENA desea en su fuero interno que vea algo más en ella que lo que ven siempre los hombres.

Dicen que las mujeres hermosas son patrimonio de todos, pero que ellas no poseen nada propio. Se siente culpable de su propia belleza: despierta deseo en los hombres y odio en las otras mujeres.
Un enorme peligro se cierne sobre ella: la ira de los dioses, los celos de las diosas, que envidian que algún mortal sobresalga.

En la Guerra, PARIS y MENELAO se enfrentaron en combate singular. Menelao lo derrotó, pero a Paris lo salvó Afrodita envolviéndolo en un manto de niebla.

Y DESPUÉS DE LA GUERRA, EL SEXO:
ὡς σέο νῦν ἔραμαι καί με γλυκὺς ἵμερος αἱρεῖ.
«Así es como yo ahora te amo y un dulce deseo se apodera de mí»
(Ilíada III, 446)

Pero MENELAO vino a por ella. Cree que la perdonó. Al menos no tuvo estómago para clavarle su espada: se le cayó de las manos. De nuevo su belleza hizo que los que la miraban no vieran nada más a su alrededor.

HELENA piensa que el matrimonio siempre es un pacto desigual. Podría haber sido peor. Podría haber elegido a un mediocre que fuera lo suficientemente listo para hacerle pagar el hecho de que ella era mejor.
El precio de su esplendor será su soledad.

N.B.
Esta entrada está inspirada en el relato de Michela Murgia, «Elena», incluido en este precioso libro:

Y también en este otro:
