TIBERIO EN LA CHAMPIONS

Budapesti Torna Club 1901

El próximo 30 de mayo, en el Puskás Aréna de BUDAPEST, se jugará la Final de la UEFA Champions League entre dos gigantes:

Esta es la carta que TIBERIO Julio César Augusto envió a su madre LIVIA Drusila cuando llegó a AQUINCUM para sofocar la rebelión de MARBOD, rey de los marcomanos, contra el Imperio.

TIBERIUS CLAUDIUS NERO AMANTISSIMAE MATRI SUAE LIVIAE DRUSILLAE IULIAE AUGUSTAE SALUTEM PLURIMAM

QUERIDA MAMÁ:

Acabo de llegar a AQUINCUM, en Panonia, el limes nororiental del Imperio. Te adjunto un dibujo que me han hecho, que te puede dar idea del potencial de esta ciudad, todavía en formación:

Los indígenas la llaman BUDA, que en su lengua bárbara significa «agua». Creo que por esa razón nosotros la hemos llamado AQUINCUM, que vendría a significar «cinco fuentes». Las guías de viajes la denominan «LA PERLA DEL DANUBIO», porque ese es el gigantesco río que la baña.

 William Henry Bartlett, Buda 1840

Hace unas semanas, las díscolas tribus de Panonia han empezado a hacer ruido, por eso tu marido, nuestro amado césar, me ha enviado aquí. Nuestro Imperio debe tener especial cuidado con estos bárbaros, que constantemente amenazan la estabilidad de nuestro territorio, frágil en los bordes, pero poderoso en su corazón.

Mi primera medida ha sido hacer venir a la LEGIO XV APOLLINARIS, acuartelada en Carnutum y preparada para el combate.

Dicen que Marbod tiene 75.000 soldados, lo que es una barbaridad. No descarto una tregua con este jefe. Al fin y al cabo, su educación fue romana, y Augusto le tiene aprecio.

Mi amigo el historiador VELEYO PATÉRCULO, que además es mi praefectus equitum, el verdadero comandante de la caballería, está escribiendo gloriosas líneas sobre mis hazañas militares, destacando en cada página el cariño que me tienen los soldados y lo mucho que admiran mi bravura: estos hombres de Germania, Iliria y Panonia se distinguen por su lealtad.

Madre querida, quiero contarte un episodio muy emocionante que podrás leer en el capítulo 107 del libro II de la Historia romana de Patérculo dentro de pocos meses, cuando lo haga regresar a Roma.

Estábamos acampados en un bosque y un bonito río navegable nos separaba del brillo de las corazas de nuestros enemigos, apostados en la otra orilla, cuando un anciano venerable se acercó a nosotros en su canoa.

Se detuvo en medio del cauce, y pidió permiso para acercarse y verme. Habló así:

Nuestros jóvenes están locos, porque te veneran como a un dios cuando estás ausente, pero cuando estás presente temen a tus ejércitos en vez de confiar en ellos. Pero yo, César, gracias a tu benevolencia y a tu permiso, hoy he visto a los dioses de los que antes había oído hablar, y nunca en mi vida hubiera deseado ni tenido un día más feliz.

Después, pidió permiso para besarme la mano y se marchó, sin dejar de mirar atrás ni de contemplarme, hasta que alcanzó a los suyos.

Querida mamá, te mando un mapa del territorio para que te orientes y también para que te sientas orgullosa de mí por conseguir pacificar esta región hostil, que, por otra parte, es bastante interesante y muy rica. Te marco AQUINCUM en rojo, una de las ciudades de la maravillosa RUTA DEL ÁMBAR. Interesa tener este país bajo control, aunque solo sea por estas preciadas lágrimas.

Tabula Peutingeriana

Quiero contarte también algo sobre la gastronomía de este país. El plato que más me ha sorprendido es un guiso con carne, muy especiado, que llaman en su lengua GOULASH. Es muy rico, contundente, energizante y pide vino.

Los PANONIOS son gente cordial, muy sonrientes y afables. Pocos saben latín, pero se van haciendo entender. Eso sí, están dotados para la MÚSICA. Tienen unos ritmos muy frenéticos y, en cuanto tienen ocasión, se ponen a bailar.

Banda gitana húngara hacia 1890.

Mi campaña militar coincide con una competición de PEDIFOLLIUM entre un equipo de LUTETIA y uno de LONDINIUM. Como el anfiteatro de AQUINCUM es bastante grande, el espectáculo promete. Iré seguro.

Foto Carole Raddato.

Hazle llegar a Julia mis recuerdos.

Tú, mi querida mamá, recibe un fuerte abrazo de tu hijo que te quiere.

CURA UT VALEAS

AQUINCI

Ante diem XVII Kalendas Iunias, anno MMDCCLXXIX A.V.C.

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PLATO DE SEGUNDA MESA

John Ford, El hombre tranquilo (1952)

HELENA

La mujer más bella del Mediterráneo, capricho de príncipes y objeto de deseo.

Eso es:

capricho y objeto.

Maureen O’Hara

Sus hermanos los DIÓSCUROS, Cástor y Pólux, se empeñaron en llevar a cabo empresas importantes para forjar su educación heroica.

Su primera misión fue rescatarla de los brazos del inestable príncipe Teseo, que quería una hija de Zeus. En esta aventura los ayudó ACADEMO, que conocía bien Atenas.

«Prisonnier barbare et Callipygian Venus» , Versailles 1966, (Robert Doisneau)

Para asegurar la cohesión de la flota griega ante el inminente viaje a Troya, su padre Tindareo, asesorado por el sagaz Odiseo, arrancó un juramento a los innúmeros pretendientes: acudirían en ayuda del elegido como esposo de Helena en cualquier circunstancia.

En un papiro antiguo se conserva la lista de pretendientes de la princesa. Algunos nombres son muy conocidos:

Agamenón

Anfíloco

Áyax el Grande

Áyax el Menor        

Diomedes

Filoctetes

Idomeneo

Licomedes   

Macaón         

Menelao

Menesteo

Néstor

Odiseo          

Patroclo        

Teucro

MENELAO, hijo de Atreo, hermano de AGAMENÓN, resultó agraciado en esta especie de concurso.

A Helena le pareció la opción mejor, porque tenía un «perfil bajo». Aunque, al final, TINDAREO lo eligió para sucederlo y ella se convirtió en reina de Esparta.

Evelyn De Morgan

HELENA se casó con MENELAO porque era un rey para tiempos de paz. Quería una vida normal y tranquila en Esparta. Su marido no tenía grandes pretensiones: sería una buena manera de que no la pretendieran más a ella.

Luego vino aquello de la embajada de Príamo, con el bello PARIS al frente. No fue un rapto. HELENA se fue voluntariamente.

PARIS había sido abandonado cuando era un bebé. Su madre HÉCUBA vio la desgracia de Troya en sueños. El padre PRÍAMO cometió un error típico de rey: abandonar al niño para que no se cumpliese la profecía. Tenía la esperanza de que sus rizos rubios inspirasen piedad en alguno. Su súbdito Agelao lo adoptó y lo crio como a un hijo.

PARIS nació por segunda vez al ganar los juegos que hacía su padre en su honor cada año. El muchacho tenía hambre de gloria, quería demostrar el poder de su sangre. Todos los huérfanos, expósitos, supervivientes y SEGUNDONES actúan igual.

Frontón del Templo de Egina (Gliptoteca de Munich)

Con el amor de HELENA quería ser más grande que HÉCTOR.

Su hermano era su sombra: era contenido, tenía dominio de sí mismo, era el heredero, el guardián de Troya. En cambio él era apasionado y con tendencia a la melancolía.

Helena y Paris (Pompeya)

HELENA desea en su fuero interno que vea algo más en ella que lo que ven siempre los hombres.

Dicen que las mujeres hermosas son patrimonio de todos, pero que ellas no poseen nada propio. Se siente culpable de su propia belleza: despierta deseo en los hombres y odio en las otras mujeres.

Un enorme peligro se cierne sobre ella: la ira de los dioses, los celos de las diosas, que envidian que algún mortal sobresalga.

En la Guerra, PARIS y MENELAO se enfrentaron en combate singular. Menelao lo derrotó, pero a Paris lo salvó Afrodita envolviéndolo en un manto de niebla.

Y DESPUÉS DE LA GUERRA, EL SEXO:

ὡς σέο νῦν ἔραμαι καί με γλυκὺς ἵμερος αἱρεῖ.

«Así es como yo ahora te amo y un dulce deseo se apodera de mí»

(Ilíada III, 446)

Goerge Sherman, Asalto al Fuerte Clark (1953)

Pero MENELAO vino a por ella. Cree que la perdonó. Al menos no tuvo estómago para clavarle su espada: se le cayó de las manos. De nuevo su belleza hizo que los que la miraban no vieran nada más a su alrededor.

HELENA piensa que el matrimonio siempre es un pacto desigual. Podría haber sido peor. Podría haber elegido a un mediocre que fuera lo suficientemente listo para hacerle pagar el hecho de que ella era mejor.

El precio de su esplendor será su soledad.

N.B.

Esta entrada está inspirada en el relato de Michela Murgia, «Elena», incluido en este precioso libro:

Y también en este otro:

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LA NAVIDAD DE SAN BRANDÁN

Kalymnos (Grecia) Pescadores de esponjas (ca. 1950).

Después de algunas aventuras en la odisea que llamaron la Navigatio Sancti Brendani abbatis, el intrépido monje irlandés san Brandán y sus compañeros llegaron a una isla maravillosa.

Este es el relato:

CAPÍTULO 12

Beda, Vita Sancti Cuthberti. The British Library Add MS 39943, fol. 2b

Entonces el santo padre y los suyos se vieron arrastrados de aquí para allá por las aguas del océano durante tres meses. No veían nada más que el cielo y el mar. Comían solo cada dos o tres días.

Un día, apareció cerca de ellos una isla. Se acercaron a su costa, pero el viento los arrastró a un lado. Así, navegaron dando vueltas a la isla durante cuarenta días, sin encontrar un puerto. Los monjes que iban en el barco empezaron a pedirle llorando al Señor que los ayudase, porque estaban exhaustos y empezaban a flaquearles las fuerzas.

Histoire d’Outremer, The British Library Yates Thompson MS 12, fol. 58v (s. XIII)

Después de pasar tres días en ayuno y oración, apareció ante ellos un puerto estrecho, en el que solo cabía un barco, y también aparecieron dos fuentes, una de agua turbia y la otra de agua clara. Los hermanos se apresuraron a coger agua en vasijas.

Un hombre de Dios, al verlos, les dijo:

―Hijos míos, no vayáis a hacer una cosa prohibida sin el permiso de los ancianos que viven en esta isla. El agua que queréis beber furtivamente ellos os la darán de buena gana.

Fuente de los cuatro ríos del Paraíso. Walters Art Museum, Baltimore W.171.19V (ca. 1400).

Entonces, desembarcaron y, cuando estaban decidiendo a dónde dirigirse, apareció un anciano muy serio que tenía el cabello del color de la nieve y el rostro resplandeciente; se postró tres veces en la tierra y a continuación besó al hombre de Dios.

San Brandán y sus compañeros lo levantaron del suelo. Después de besarse, el anciano cogió de la mano al santo padre y caminó con él la distancia de casi un estadio hasta un monasterio.

Consagración del altar mayor de la abadía de Cluny por el papa Urbano II el 25 de octubre de 1095. Miscellanea secundum usum ordinis Cluniacensis. BNF, Lat. 17716, fol. 91

San Brandán se detuvo con sus hermanos ante la puerta del monasterio y le dijo al anciano:

― ¿De quién es este monasterio?¿Quién está al mando? ¿De dónde son los que viven en él?

El santo padre le hizo varias preguntas al anciano, pero no obtuvo ninguna respuesta de él, que tan solo le indicaba suavemente con la mano que guardase silencio. Se dio cuenta de inmediato de la norma de aquel lugar y advirtió a sus hermanos diciéndoles:

―Absteneos de hablar para no contaminar a estos hermanos con nuestra charla.

Después de esta prohibición, les salieron al encuentro once hermanos que llevaban relicarios, cruces e himnos, y recitaban este capítulo:

Salid, santos de Dios, de vuestras moradas e id al encuentro de la verdad. Santificad este lugar, bendecid al pueblo y dignaos a custodiarnos a nosotros, vuestros siervos, en paz.

Roman de la Rose (The British Library. Royal 19 B XIII f. 4, s. XIV)

Una vez recitado el versículo, el abad del monasterio besó a san Brandán y a sus compañeros uno a uno; de igual manera también los monjes besaron a la comunidad del hombre santo.

Después de intercambiarse el beso de la paz, los guiaron al monasterio en oración, como es costumbre en las tierras de Occidente.

A continuación, el abad del monasterio y los monjes les lavaron los pies a sus huéspedes y cantaron la antífona «Un nuevo mandamiento os doy». Cuando terminaron, los condujo en absoluto silencio al refectorio.

Libro de Horas. The Morgan Library MS H.5 fol. 120r. ca. 1500.

Tocaron la campanilla, se lavaron las manos y el abad ordenó a todos sentarse. Al segundo toque de la campanilla, uno de los hermanos del monasterio se levantó y sirvió en la mesa unos panes maravillosamente blancos y unas raíces de increíble sabor. Los monjes se sentaron intercalados con los huéspedes. Se sirvió un pan entero para cada dos hermanos. Con otro toque de campanilla, el mismo monje que servía la mesa repartió la bebida a los hermanos.

Salterio. s. XIII. Brugge, Openbare Bibliotheek, Ms. 008, f. 4v.

El abad animó a los monjes con estas palabras:

―De aquella fuente de la que hoy queríais beber furtivamente, hacedlo ahora como un acto de hospitalidad, con alegría y temor de Dios. En la otra fuente que visteis, que tenía el agua turbia, es donde se lavan todos los días los pies los hermanos, porque siempre está caliente. Los panes que veis, no sabemos dónde se hacen o quién los trae a nuestra despensa. Lo que sí sabemos es que Dios, en su inmensa caridad, nos los proporciona mediante alguna de sus criaturas. Aquí somos veinticuatro hermanos; todos los días tenemos doce panes en la comida, uno para cada dos. En las fiestas y en los domingos Dios nos da un pan entero a cada uno, para que podamos cenar con las sobras; solo porque habéis venido tenemos ración doble. Así nos alimenta Cristo desde los tiempos de san Patricio y san Albeo, nuestro padre, hace ya ochenta años. Con todo, la vejez y la debilidad han afectado poquísimo a nuestros miembros; en esta isla no necesitamos nada para comer que se prepare al fuego; no nos castigan nunca ni el frío ni el calor. Pero cuando llega el momento de las misas y de las vigilias, en la iglesia prendemos unas lámparas que trajimos de nuestra tierra por designio divino, que han estado encendidas hasta la fecha y ninguna ha menguado en su luz.

Libro de Horas. The Morgan Library MS M.1004 fol. 170r. ca. 1420.

Después de que bebieron, el abad tocó la campanilla tres veces, conforme a la costumbre, y los monjes se levantaron de la mesa al unísono en absoluto silencio y con solemnidad, y se encaminaron a la iglesia delante de los santos padres: san Brandán y el abad del monasterio. Entraron en la iglesia, y he aquí que doce monjes les salieron al encuentro y se arrodillaron rápidamente ante ellos. Cuando san Brandán los vio, dijo:

―Abad, ¿por qué estos monjes no han comido al mismo tiempo que nosotros?

El abad contestó:

Por vosotros, porque no cabíamos todos en la mesa. Comerán ahora y no les faltará de nada. Nosotros, entremos en la iglesia y cantemos las vísperas, para que nuestros hermanos, que van a comer ahora, puedan cantar a tiempo las vísperas después de nosotros.

Cuando remataron el oficio de vísperas, san Brandán empezó a fijarse en cómo estaba construida la iglesia. Era cuadrada, tan larga como ancha, y tenía siete lámparas, tres delante del altar, que estaba en el centro, y dos delante de los otros dos altares. Los altares eran de cristal cortado a escuadra, los vasos también eran de cristal, lo mismo que las patenas, los cálices, las vinajeras y el resto de recipientes para el culto divino; también había veinticuatro asientos en círculo; el abad se sentaba entre los dos coros. Un grupo empezaba en él y también terminaba en él; lo mismo ocurría con el otro grupo. Ninguna de las dos partes se atrevía a entonar un versículo antes que el abad, y en el monasterio no se oía ninguna voz ni ningún ruido. Si algún monje necesitaba algo, iba donde el abad, se arrodillaba ante él y le pedía dentro de su corazón lo que necesitaba. Al momento, el santo padre cogía una tablilla y un punzón, escribía lo que Dios le revelaba y se la entregaba al hermano que le pedía consejo.

Santa Eduvigis supervisa la construcción de un convento (The J. Paul Getty Museum, Los Angeles, Ms. Ludwig XI 7, fol. 56, 83.MN.126.56).

Mientras san Brandán meditaba sobre todo esto, el abad le dijo:

―Padre, es hora de regresar al refectorio para hacer las cosas con luz.

Procedieron de la misma manera que en la comida. Una vez que terminaron todo según el orden del día, todos se dirigieron a toda velocidad a completas.

Entonces, cuando el abad pronunció el versículo: «Dios, ven en mi ayuda» y todos honraron a la Trinidad, empezaron a cantar este versículo:

― Injustamente hemos obrado, iniquidad hemos cometido. Tú, que eres un padre piadoso, perdónanos, Señor. En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Señor, me harás estar confiado.

Después, cantaron el oficio que correspondía a esa hora. Cuando completaron el orden de los salmos, todos los hermanos salieron cada uno  para su celda, llevándose a los huéspedes consigo.

Monjes cantando. Salterio y Libro de Horas de Saint Omer (The British Library BL Yt 43, fol. 100)

El abad se quedó con san Brandán en la iglesia, esperando a que se hiciera de día. Cuando san Brandán le preguntó al santo padre por el silencio de los monjes, por cómo se comunicaban y cómo podían soportarlo, el abad respondió con inmensa reverencia y humildad:

― Padre, ante mi Cristo lo declaro: hace ochenta años llegamos a esta isla. No oímos ninguna voz humana, excepto cuando cantamos alabanzas a Dios. Entre nosotros no usamos la voz, sino únicamente señales de los dedos o de los ojos, y solo los más ancianos. Desde que llegamos a este lugar, ninguno de nosotros ha sufrido enfermedades del cuerpo o del espíritu, las que afligen al común de los mortales.

San Brandán dijo:

―¿Podemos quedarnos aquí o no es posible?

El abad dijo:

No podéis, porque esa no es la voluntad de Dios. ¿Por qué me preguntas a mí, padre? ¿No te reveló Dios lo que tenías que hacer antes de que vinieses aquí, con nosotros? Tienes que regresar a tu tierra con catorce de tus hermanos. Allí ha preparado Dios vuestra sepultura. Pero de los dos que quedan, uno peregrinará a la que llaman «Isla de los anacoretas», mientras que el otro será condenado a una muerte vil en los infiernos.

Vida de los Padres del desierto (Manuscrito Kaffa, nº 85 de la Biblioteca del Patriarcado armenio en Jerusalén)

Mientras hablaban entre ellos de estas cuestiones, he aquí que, a la vista de todos, una flecha de fuego entró por la ventana y encendió todas las lámparas que estaban delante de los altares. A continuación, la flecha dio la vuelta y salió para afuera. Sin embargo, una luz brillantísima se quedó en las lámparas. 

Entonces, san Brandán preguntó quién apagaba las lámparas por la mañana. El santo padre le dijo:

Ven y contempla el misterio. Aquí estás viendo velas encendidas en unos recipientes; sin embargo, ninguna de ellas se consume ni mengua de tamaño, y por la mañana no quedan pavesas, porque es luz espiritual.

San Brandán dijo:

¿Como puede una luz espiritual arder físicamente en una criatura física?

El anciano respondió:

¿No has leído lo de la zarza ardiente en el monte Sinaí? La zarza fue inmune al fuego.

Moisés y la zarza ardiente. Manuscrito Haggadá de Sarajevo (ca. 1350)

Velaron toda la noche hasta por la mañana. Entonces, san Brandán pidió permiso para continuar su viaje. El anciano le dijo:

No, padre. Tú debes celebrar con nosotros la Navidad del Señor hasta ocho días después de la Epifanía.

Así que, el santo padre y sus compañeros se quedaron ese tiempo con los veinticuatro padres en la isla de la comunidad de san Albeo.

TRADUCCIÓN DEL LATÍN: Maite Jiménez (diciembre 2025)

Texto: Dickinson College Commentaries

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