
Sí; tembra cando no mundo
sintas unha dicha inmensa:
val máis que a túa vida corra
cal corre a iaugua serena
(Rosalía de Castro, «A ventura é traidora» Follas Novas)

TYCHE es la fortuna para los griegos. Reparte buena suerte a discreción. No mira mucho a quién se la concede. Es bastante caprichosa, voluble y cede a la casualidad. Pero Tyche tiene una amiga, una hermana, que le susurra al oído y cotillea lo suyo. A veces la recrimina, porque la fortuna, como todo el mundo sabe, es ciega. Su antagonista más leal se llama NÉMESIS.
NÉMESIS viene a poner orden en el caos de TYCHE, y parece querer decirle:
μηδὲν ἄγαν
«NADA EN EXCESO»
Némesis no es venganza, sino justicia retributiva:
SUUM CUIQUE
«a cada uno lo suyo»

Algunos creen que la NÉMESIS tiene que ver con el KARMA कर्म, «acción». Dicen que son las acciones que realiza el cuerpo, tanto el disfrute de los placeres a través de los sentidos, la experiencia de los buenos y de los malos resultados, y también la felicidad.
Y así gira el SAMSARA संसार, la rueda, CHAKRAचक्र del nacimiento, la vida, la muerte y la reencarnación.

Lo que NÉMESIS susurra a TYCHE tiene que ver con la bella AFRODITA.

Todos están convencidos de que ese niñito alado que siempre la acompaña es su hijo EROS, el caprichoso dios del amor.

AFRODITA está triste y junto a ella está este ser alado, aparentemente inofensivo, llamado
(Phthónos)
La ENVIDIA muerde, es un pinchazo agudo en el corazón.
Aristóteles dice que se siente por los que son iguales a nosotros, no por sus éxitos, sino por ellos. No deseamos sus logros, ni siquiera los necesitamos. Es el hecho de que ellos lo consiguen y son felices.
Habitualmente se envidia lo que no se puede comprar:
Normalmente el envidioso sufre lo indecible al ver la fortuna ajena. Su daño a los demás es por lo general mínimo, pero la procesión va por dentro.

Pero el φθόνος no es privativo de los mortales…
Nos han enseñado que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. Así lo dicen las Sagradas Escrituras:
et creavit Deus hominem ad imaginem suam ad imaginem Dei creavit illum masculum et feminam creavit eos
(Vulgata Latina, Génesis 1: 27)

En cambio, los GRIEGOS pensaban:
«LOS DIOSES SON COMO NOSOTROS»
Los dioses de los griegos sienten y padecen lo mismo que los humanos, sufren desdichas, experimentan gozo, ardientes deseos, ira, venganza, amor…
Por eso el arte griego los representa como bellos ejemplares humanos:

Pero, en ocasiones, tenemos miedo del capricho de los dioses que habitan en el Olimpo. Ellos también sienten φθόνος, envidia, celos, por la fortuna de los seres humanos.
Eso sintió POLÍCRATES DE SAMOS, el tirano rico y poderoso.
POLÍCRATES se hizo con el gobierno de la isla quitando de en medio a otros aspirantes. Conquistaba, saqueaba y ejercía la piratería. Era inmensamente poderoso. Entonces, deseó hacerse amigo del faraón egipcio AMASIS.

El faraón contemplaba anonadado los éxitos de Polícrates, cuya suerte parecía no tener límites. Así que, preocupado por el exceso de fortuna del tirano, le escribió esta carta, que ha llegado a nosotros transcrita por el sabio Heródoto de Halicarnaso:

POLÍCRATES hizo caso a su amigo: era griego, y por tanto supersticioso.
Rebuscó entre sus cosas y encontró un precioso anillo que le había hecho Teodoro de Samos, un magnífico orfebre.

Embarcó en uno de sus flamantes navíos y se internó en el mar.
Allí arrojó el anillo por la borda.

Cinco o seis días después, un pescador samio capturó una magnífica lubina. Pensando en que era un pez demasiado valioso para él, que era un pobre hombre, decidió llevárselo a Polícrates. Seguro que sus cocineros se la prepararían con esmero:

Cuando Polícrates se sentó a la mesa y abrió la lubina para comérsela, descubrió que su anillo estaba dentro del pez.

Polícrates se quedó convencido de que aquello era obra de la PROVIDENCIA.
De inmediato escribió una carta al faraón. Al leerla, Amasis se dio cuenta de que Polícrates no iba a tener un final feliz. Quería evitarse un disgusto cuando asistiera a la desgracia de su amigo, así que rompió la relación con Polícrates.

Creemos que un exceso de felicidad ha de compensarse con dolor.
Un devenir dichoso, una fortuna sostenida y una sonrisa que inunda el semblante podrían despertar la envidia de los dioses.
Hay que balancear, pensamos, como Polícrates, como Rosalía de Castro.
Callamos nuestra buena suerte, nos lamentamos ante los demás por menudencias, empatizamos con las penas ajenas, porque esperamos temerosos el giro de la fortuna: no nos merecemos la felicidad.

A veces, para conjugar la mala suerte que puede sobrevenir, recurrimos a prácticas APOTROPAICAS, que pueden alejar el mal.

Suplicamos, como el poeta Píndaro, que Némesis y Tyche, el karma y la rueda del samsara nos respeten:
ο δ’ αθανάτων μή θρασσέτω φθόνος
«Que la envidia de los dioses no me perturbe»
(Píndaro, Ístmica 7, 39)









































