MIS VAQUEROS Y YO

MIS VAQUEROS Y YO

David Gandy

UMBERTO ECO

“IL PENSIERO LOMBARE”

(Sette anni di desiderio. Tascabile Bompiani, Milano 1983)

Il Corriere della Sera, 12 agosto 1976:   “Il pensiero lombare o del vivere in jeans”

Para mi amiga Puri, @LuzQuinteiro, que me recomendó encarecidamente que leyese este texto de Umberto Eco.

Hace algunas semanas, en esta misma página, Luca Goldoni escribió desde la costa adriática un divertido reportaje sobre las desventuras del que lleva vaqueros por imperativo de la moda y ya no sabe cómo sentarse y cómo acomodar su aparato reproductor externo.

Creo que el problema planteado por Goldoni está cargado de reflexiones filosóficas que quisiera continuar por mi cuenta y con la máxima seriedad, porque ninguna experiencia cotidiana es demasiado vil para el hombre de pensamiento, y es hora de hacer caminar a la filosofía, más que sobre sus propios pies, sobre sus propios lomos.

Camille Flammarion, Atmosphere (1888)

He llevado vaqueros cuando pocos los llevaban y solo en vacaciones, por cierto. Los encontraba y los encuentro muy cómodos, especialmente de viaje, ya que con ellos no hay problemas de arrugas, desgarrones o manchas. Hoy se llevan también por estética, pero ante todo son muy prácticos. Lo único es que desde hace unos años he tenido que renunciar a este placer porque he engordado. Es verdad que, si se busca bien, se encuentra la talla XL (en Macy´s en Nueva York se encuentran vaqueros incluso para Oliver Hardy), pero son, además de cintura ancha, de pierna ancha.  Uno se los puede poner también, pero no quedan bien.

Recientemente, tras haber reducido el consumo de alcohol, he perdido el número de quilos suficiente para volver a probarme unos vaqueros casi normales. He pasado el calvario descrito por Goldoni, con la muchacha de la tienda que decía: “meta la barriga, verá cómo luego se adaptan”, y me he ido sin meter la barriga para adentro (no me rebajo a compromisos de este tipo).

Sin embargo, después de mucho tiempo, he vuelto a disfrutar de un pantalón que, más que ceñirse a la cintura, se apoya en las caderas, ya que es propio de los vaqueros presionar sobre la región sacrolumbar y sostenerse no por suspensión, sino por adherencia.

Después de tanto tiempo, la sensación era nueva. No hacían daño, pero hacían sentir su presencia. Por muy elásticos que fuesen, sentía alrededor de la mitad inferior de mi cuerpo una armadura. No podía, aunque quisiera, meter o retorcer el vientre dentro de los pantalones, sino que, a lo sumo, debía meterlo o retorcerlo junto con los pantalones, pues, por así decirlo, éste divide el cuerpo de uno en dos zonas independientes: una por encima de la cintura -libre de la prenda-, y la otra -que se identifica orgánicamente con el vestido-, justo desde debajo de la cintura hasta los tobillos.

Descubrí que mis movimientos, el modo de caminar, de girarme, de sentarme o de apurar el paso eran diferentes, ni más difíciles ni más fáciles, sino ciertamente diferentes.

En consecuencia, vivía sabiendo que llevaba vaqueros, mientras que habitualmente se vive olvidando que se llevan calzoncillos o pantalones.

Vivía para mis vaqueros, y, en consecuencia, adoptaba el porte de quien lleva vaqueros. En cualquier caso, adoptaba una compostura. Es curioso que la indumentaria más informal y anti-etiqueta por tradición sea la que impone más etiqueta.

Tom Ford

Habitualmente soy un poco bruto: me siento como cuadra y me abandono donde me apetece sin pretensiones de elegancia. Los vaqueros me controlaban estos gestos, me hacían más educado y más serio.

Lo he hablado largo y tendido, sobre todo con consejeras del sexo opuesto, por las que he podido aprender lo que por otra parte ya había sospechado: que para las mujeres experiencias de este tipo son habituales, porque toda su indumentaria ha sido siempre concebida para conferirles una compostura: tacones altos, corsés, sujetadores de varillas, ligueros, jerseys estrechos estrechos…

Horst P. Horst (1939)

Pensé entonces cuánto había influído en la historia de la civilización el vestido como armadura en la compostura y, en consecuencia, en la moralidad exterior.

El burgués victoriano era rígido y moderado debido a los cuellos duros;

el rigor del caballero decimonónico estaba determinado por redingotes ajustados, botines y sombreros de copa que no permitían movimientos bruscos de la cabeza.

Si Viena hubiese estado en el Ecuador y sus burgueses hubieran ido en bermudas, ¿habría descrito Freud los mismos síntomas neuróticos, los mismos triángulos edípicos? Y ¿les habría descrito del mismo modo de haber sido él, el médico, un escocés en kilt (bajo el que, como es sabido, la regla es no llevar ni siquiera el slip)?

Una indumentaria que comprime los testículos hace pensar de modo diferente.

Las mujeres durante la menstruación, los que padecen de orquitis, hemorroides, utretritis, prostatitis y similares saben bien cuánto influyen en el humor o en la agilidad mental las apreturas o los dolores en la zona sacroilíaca. Y lo mismo puede decirse (quizás en menor medida) del cuello, los hombros, la cabeza o los pies.

Una Humanidad que ha aprendido a andar con zapatos ha orientado su pensamiento de modo diferente a como lo habría hecho de haber andado con los pies descalzos.

Es triste, especialmente para los filósofos de la tradición idealista, pensar que el Espíritu tiene su origen en estos condicionamientos. Pero no solo es así, sino que lo bueno del caso es que Hegel también lo sabía y por eso estudiaba las protuberancias craneales identificadas por los frenólogos, precísamente en un libro que se titulaba “Fenomenología del Espíritu”.

Pero el problema de mis vaqueros me empujó a hacer otras observaciones. No solo la indumentaria me imponía una compostura, sino que además, al centrar mi atención en la compostura, me obligaba a vivir hacia el exterior.

Es decir, reducía el ejercicio de mi interioridad.

Para gente que ejerce mi profesión, es normal caminar pensando en otra cosa: en el artículo que tienes que escribir, en la conferencia que hay que dar, en las relaciones entre el Uno y lo Múltiple, en el gobierno de Andreotti, cómo se enfoca el problema de la redención, si hay vida en Marte, en la última canción de Celentano,

en la paradoja de Epiménides

Magritte

Es lo que en nuestro gremio llamamos vida interior.

Pues bien, con mis nuevos vaqueros, mi vida era toda exterior: pensaba en la relación entre yo y mis pantalones, y la relación entre yo, mis pantalones y la sociedad circundante.

Había realizado la heteroconsciencia, o sea, una autoconciencia epidérmica.

Dali, “Venus de Milo con cajones” (1936) o “El escritorio antropomórfico”

Entonces me di cuenta de que en el transcurso de los siglos, los pensadores han luchado por deshacerse de la armadura.

Los guerreros vivían en la exterioridad, todos forrados de lorigas y cotas de malla,

Salterio Gorleston. Inglaterra, Suffolk 1310-1324. Ms 49622, f. 193v.

pero los monjes habían inventado una prenda que, a la vez que respondía de por sí a las exigencias de la compostura (majestuosa, fluída, toda de una pieza y que caía en pliegues estatuarios), dejaba el cuerpo (dentro y debajo) completamente libre y olvidado de sí. Los monjes eran ricos en interioridad y muy sucios: el cuerpo estaba defendido por un hábito que lo ennoblecía a la vez que lo liberaba, pues era libre de pensar y de olvidarse de sí mismo.

Jean-Jacques Annaud, El nombre de la rosa (1986)

Esta idea era no solo eclesiástica, pues baste pensar en las bonitas batas que se ponía Erasmo.

Hans Holbein

Cuando el intelectual también tiene que vestirse con armaduras laicas (pelucas, jubones y calzones), vemos que, cuando se retira a pensar, se pavonea astutamente con ricas batas y holgados camisones droláticos, a lo Balzac.

Rodin, Balzac en robe de moine

El pensamiento aborrece las mallas.

Pero si es la armadura la que impone vivir en la exterioridad, entonces la milenaria sujeción femenina se debe también al hecho de que la sociedad impuso a la mujer armaduras que la empujaban a descuidar el ejercicio del pensamiento.

Libro de Horas s. XIV. Ms. Yates Thomson 46 British Library

La mujer ha estado esclavizada por la moda, no solo porque le impusiera ser atractiva, sino también porque, al tener una compostura etérea, graciosa y excitante, la convertía en objeto sexual.

Ha estado esclavizada sobre todo porque la vestimenta que se le aconsejaba le imponía psicológicamente vivir para la exterioridad, lo que lleva a pensar cuán intelectualmente dotada y heróica tenía que ser una muchacha para convertirse con aquellos vestidos en Madame de Sevigné, Vittoria Colonna, Madame Curie o Rosa Luxemburgo.

Marie Curie

La reflexión tiene cierto valor porque nos induce a descubrir que los vaqueros que la moda impone hoy a las mujeres –símbolo aparente de liberación y de paridad con los hombres– son otra trampa de la Dominación, porque no liberan el cuerpo, sino que lo someten a otra etiqueta y lo aprisionan en otras armaduras que no parecen tales porque aparentemente no son “femeninas”.

Como reflexión final diré que, al imponer una compostura exterior, la ropa es un artificio semiótico, o sea, una máquina para comunicar.

Esto es algo que se sabía, pero no se había intentado aún establecer su paralelismo con las estructuras sintácticas de la lengua, que, al decir de muchos, influyen en el modo de articular el pensamiento.

También las estructuras sintácticas del lenguaje del vestido influyen en nuestro modo de ver el mundo y de un modo mucho más físico que la consecutio temporum o la existencia del subjuntivo.

Observad un poco por cuántos caminos misteriosos pasa la dialéctica entre opresión y liberación, y la dura lucha para arrojar luz sobre el tema.

También pasa por las ingles.

Traducción Maite Jiménez (Junio 2019)

Blue Jean-I just met me a girl named Blue Jean
Blue Jean-she got a camouflaged face and no money
Remember they always let you down when you need ‘em
Oh, Blue Jean – is heaven any sweeter than Blue Jean
She got a police bike
She got a turned up nose
Sometimes I feel like
(Oh, the whole human race)
Jazzin’ for Blue Jean
(Oh, and when my Blue Jean’s blue)
Blue Jean can send me
(Oh, somebody send me)
Somebody send me
(Oh, somebody send me)
One day I’m gonna write a poem in a letter
One day I’m gonna get that faculty together
Remember that everybody has to wait in line
Blue Jean-look out world you know I’ve got mine
She got Latin roots
She got everything.

Acerca de Maite Jiménez

Profesora de Latín y Griego de Secundaria. Traductora. Me gusta viajar. Adoro la música.
Esta entrada fue publicada en CUADERNO DE VIAJE, HIC ET NUNC, LIBRI, MÚSICA, MEDIEVO y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s