VALERIO, EL ROMANO REDIVIVO (2)

Cuando llegué a Roma, me sentí turbado por mil emociones. Me negué a ver nada o a hablar con nadie. Mudo en un rincón del carruaje, me sumí en mis pensamientos.

Unas veces pensaba que mi acompañante no merecía mi atención; otras, me aferraba con obstinación, como una madre al recuerdo de su hijo perdido, a mi amada patria, dudando de todo lo que había oído, de todo lo que esos curas me habían contado. Creí que había una conspiración contra mí.

Rehusé hablar con quienes encontraba en el camino, no fuera a ser que su desfigurado dialecto me hiciese perder toda esperanza. No iría a ver ningún paisaje.

La Ciudad Eterna sobrevivía en todo su esplendor. No podía estar muerta, y aunque lo estuviera, yo permanecería en silencio hasta soltar mi último lamento en las ruinas de su Foro, y mis palabras despertarían a los muertos para que me escucharan.

¡Cicerón, Catón, Pompeyo, si estáis muertos de verdad, no quedará ni rastro de vuestos pasos! Si aún frecuentais el Foro, ¡despertaos, levantaos, dadme la bienvenida!

El cura se esforzó en vano en sacarme de mi ensoñación. Mi rostro tenía las marcas del dolor, pero no le contesté. Al final, exclamó:

-¡Mire el Tíber!

¡Qué río más hermoso! Tus aguas fluyen eternas, ahora y siempre.Tus olas brillan al sol o se oscurecen por las nubes de la tormenta.

Tu nombre fue como un hechizo. Las lágrimas brotaron de mis ojos. Me bajé del carruaje. Corrí a la orilla y de rodillas os ofrecí, sagrados nombres de Júpiter y Palas, promesas que hicieron temblar mis labios y que la luz casi abandonara mis ojos.

¡Oh, Júpiter, Júpiter Capitolino, tú que has contemplado tantos triunfos, ojalá que tu templo exista aún, ojalá que las víctimas aún sean conducidas a tus altares!

¡Minerva, protege a tu Roma!

En ese momento de agónica plegaria, el destino de mi patria parecía que no estaba decidido, las espadas aún estaban en alto. ¡Ay! No podía creer que se hubiera ido todo lo que era grande y bueno.

Mi acompañante trató en vano de separarme de las orillas del río divino. Me quedé allí sentado, inmóvil. Mis ojos no recorrían el paisaje que me rodeaba, que estaba cambiado, sino que permanecían fijos en las aguas o se elevaban al cielo azul y brillante.

-¡Esos, esos al menos son los mismos, siempre, siempre los mismos!

Esas fueron las únicas palabras que murmuré cuando la caída de mi país bajo la agonía feroz del fuego inundó mi mente. El cura trataba de tranquilizarme, pero yo guardaba silencio. Al final, la fuerza de la pasión me conquistó, y después de muchas horas luchando como un loco, consentí que me llevaran al carruaje y, cerrando las cortinas, me abandoné al recuerdo cuya amargura solo disminuyó porque me faltaban las fuerzas.

Jean-Auguste Dominique Ingres. Retrato de François-Marius Granet, 1807.

Era de noche cuando entramos en Roma:

-Mañana visitaremos el Foro -dijo mi acompañante.

Yo asentí. No deseaba que viniera conmigo, y por tanto me retiré temprano sin revelar mis intenciones.

Tan pronto como me vi libre de impedimentos, pedí un guía y fui rápidamente a visitar el escenario de la grandeza humana absoluta.

Foto Maite Jiménez. Febrero 2020

La luna había salido y proyectaba una luz brillante sobre la ciudad de Roma (si puedo llamar a aquello Roma, que no se parecía en nada a la Reina de las Naciones tal como yo la recordaba). Cruzamos el Corso y vi varios obeliscos magníficos, que parecían decirme que la gloria de mi país no había desaparecido.

Me detuve al lado de la Columna de Antonino, que se hundía profundamente en la tierra y, rodeada por los restos de cuarenta columnas, produjo en mi mente la idea de decadencia. Mi corazón latía con miedo e indignación mientras me aproximaba al Foro por caminos que me eran desconocidos.

El hechizo se rompió cuando contemplé las columnas quebradas y los templos en ruinas del Campo Vaccino (con ese deshonroso nombre hay que llamar ahora al Foro Romano).

Eché un vistazo alrededor, pero nada era como antes.

Vi ruinas de templos construidos después de mi tiempo. El Coliseo era desconocido para mí, y parecía como si la transformación de aquellas magníficas ruinas apagara de repente el entusiasmo de la indignación que antes había dominado mi corazón.

Nunca me hubiera atrevido a imaginarme el Foro Romano deteriorado y corrompido.

Una vaga imagen de columnas rotas flotaba en mi mente, como si recordara estatuas caídas de los dioses abandonadas a su suerte en un lugar donde antes yo las había adorado. Pero todo estaba cambiado, e incluso las columnas que quedaban del templo erigido por Camilo habían perdido su identidad, rodeadas por nuevos candidatos a la inmortalidad.

Con calma me dirigí a mi guía y le pregunté:  

-Estas son las ruinas del Foro Romano, pero, ¿qué es ese inmenso edificio que se ve al final de esta avenida de árboles, cuya sombra a la luz de la luna parece indicar algo maravilloso e imponente?

Ese es el Coliseo.

-¿Y qué es el Coliseo?

¿No lo conoce? Es el conocido anfiteatro construido por Vespasiano, emperador de Roma.

¿Fue emperador de Roma? De acuerdo, visitémoslo.

CONTINUARÁ…

Acerca de Maite Jiménez Pérez

Profesora de Latín y Griego de Secundaria. Traductora. Me gusta viajar. Adoro la música. SOLVITUR AMBULANDO
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