VALERIO, EL ROMANO REDIVIVO (3)

Entramos en el Coliseo, esa noble reliquia de grandeza imperial. Sí, imperial, pero romana. Y aquel entusiasmo que las ruinas quebradas del Foro habían apagado, volvió a despertarlo esta maravillosa mole.

La luna brillaba por entre los arcos rotos y reflejaba la gloria en torno a los muros derruidos, coronados como estaban de maleza y de zarzas.

Miré a mi alrededor y un temor reverencial se apoderó de mí. Me sentí como si, al haber abandonado el Campo Vaccino, esta construcción fuera la metáfora de mis nobles compatriotras.

Sobre este edificio estaba el sello de la eternidad, y mi corazón se agitaba con las abrumadores sensaciones bajo las cuales luchaba por palpitar. No dije ni una sola palabra.

¡Ay! ¡Ay! Así es la imagen de la Roma caída, destrozada, deteriorada por una odiosa superstición, pero que aún invoca el amor…el honor, y que aún despierta en la imaginación de los hombres todo aquello que es capaz de purificar y ennoblecer la mente.

El Coliseo es el emblema de Roma. Sus arcos, sus mármoles, su noble aspecto, que debe inspirar a todos reverencia, lo que en la mente de los hombres es algo parecido a la adoración…es maravilloso, es inexplicablemente hermoso…todo él habla de su grandeza. Sus muros derruidos…sus arbotantes cubiertos de hierbas, y más que nada, las imágenes vergonzosas que lo llenan, nos hablan de su caída.

J.M.W. Turner, Vista de Roma desde el Campo Vaccino(1839)

Despedí a mi guía. Jamás me iría del Coliseo. Esta sería mi morada durante mi segunda estancia en este mundo.

Visité cada rincón de él. Desde la parte más alta, contemplé Roma, que dormía bajo los fríos rayos de la luna:

La cúpula de San Pedro y las otras cúpulas y chapiteles que formaban una segunda ciudad, las residencias de los dioses por encima de las residencias de los hombres.

El arco de Constantino a mis pies.

El Tíber y el enorme cambio en el urbanismo de la ciudad moderna.

Todo llamaba mi atención, pero tan solo despertó un vago y efímero interés.

Desde aquel momento el Coliseo fue mi mundo, mi morada eterna.

Es cierto que la curiosidad y la incomodidad me han sacado de allí ahora, pero mi ausencia será breve. Mi corazón está aún allí. Regresaré. Y en aquel recinto sagrado lanzaré, antes de morir, mi última llamada a los romanos y a la libertad.

Es cierto que ya me había convencido de que Roma había caído, que sus cónsules y triunfos se habían acabado, y que los templos de su Capitolio habían sido destruidos.

Pero el Coliseo había mitigado el vigor de aquellos sentimientos, que de lo contrario me habrían destruido. La indignación, la desesperanza, todas las pasiones humanas murieron en mi interior. Me entregué, peregrino desde hacía unos años, a un mundo de cuyo espectáculo soy mero espectador.

Si Roma está muerta, huyo de sus despojos, horribles como los de la vida humana.

Solo en el Coliseo reconozco la grandeza de mi patria, el único refugio que tiene valor para un antiguo romano.

Pero, de repente, ese sentimiento tan terrible para la mente humana, el sentimiento de absoluta soledad, obró un nuevo cambio en mi corazón.

Recordé como si fuera ayer todos los espectáculos que la antigua Roma me había ofrecido. Sentado bajo uno de los arcos del edificio y escondiendo mi rostro entre mis manos, reviví en mi imaginación el recuerdo de lo que había dejado cuando vi por última vez la luz del día.

Había dejado a los cónsules en el pleno ejercicio del poder. Unos años antes, el imperio, despedazado por Mario y Sila y privado del sostén de una mano protectora, se tambaleaba a punto de capitular.

Pero, durante mi vida, se había alzado un nuevo espíritu. Los hombres se sintieron de nuevo vivificados por la sagrada llama que ardía en las almas de Camilo y de Fabricio, y me llenó de inmenso gozo el hecho de ser amigo de Cicerón, de Catón y de Lúculo.

Los más jóvenes, los hijos de mis amigos, Bruto y Casio, se alzaron como promesa de la misma virtud.

Sir John Gielgud y James Mason como Casio y Bruto
en Julio César (1953) de Joseph L. Mankiewicz

Cuando morí, estaba profundamente convencido de que, ya que la filosofía y las letras se hallaban entonces unidas a una virtud sin parangón en el mundo, Roma se estaba aproximando a esa perfección desde la cual era imposible caer.

Estaba convencido de que, aunque los hombres todavía tenían miedo, se trataba de un temor sano que los impulsaba a la acción y a la garantía absoluta del triunfo del Bien.

Ex litterarum studiis immortalitatem acquiri.
(Alciato, EMBLEMA CXXXII. Emblemata 1591)

Cuando desperté, Roma ya no existía.

Aquella luz que yo había saludado como heraldo de la perfección, se convirtió en la antorcha que le añadió esplendor a su funeral…y aquellos hombres, cuyas almas eran como templos de la perfección, fueron las víctimas sacrificiales en su propia pira funeraria.

¡Oh!, jamás una nación tuvo una muerte así. Sus asesinos celebraron juegos alrededor de su tumba como los que después casi destruyen medio mundo. No hubo combates de gladiadores y bestias, sino feroz lucha de pasiones encontradas, la guerra de millones de personas.

Pero todo aquello ya se ha acabado. El júbilo del tirano se ha desvanecido. El monumento que es Roma, tan espléndido durante siglos y adornado por saqueos de otros reinos, ahora se ha reducido a polvo.

Algunas columnas y arcos desperdigados aquí y allá viven para contar dónde estaban, pero su gente está muerta.

Los extranjeros que la poseen han perdido todas las características de los romanos.

Han abandonado su sagrada religión.

La Roma moderna es la capital del cristianismo, y ese título corona mi desesperación.

Christoffer Wilhelm Eckersberg

CONTINUARÁ…

Publicado en CUADERNO DE VIAJE, LIBRI, REFERENCIAS CLÁSICAS, ROMA | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario

VALERIO, EL ROMANO REDIVIVO (2)

Cuando llegué a Roma, me sentí turbado por mil emociones. Me negué a ver nada o a hablar con nadie. Mudo en un rincón del carruaje, me sumí en mis pensamientos.

Unas veces pensaba que mi acompañante no merecía mi atención; otras, me aferraba con obstinación, como una madre al recuerdo de su hijo perdido, a mi amada patria, dudando de todo lo que había oído, de todo lo que esos curas me habían contado. Creí que había una conspiración contra mí.

Rehusé hablar con quienes encontraba en el camino, no fuera a ser que su desfigurado dialecto me hiciese perder toda esperanza. No iría a ver ningún paisaje.

La Ciudad Eterna sobrevivía en todo su esplendor. No podía estar muerta, y aunque lo estuviera, yo permanecería en silencio hasta soltar mi último lamento en las ruinas de su Foro, y mis palabras despertarían a los muertos para que me escucharan.

¡Cicerón, Catón, Pompeyo, si estáis muertos de verdad, no quedará ni rastro de vuestos pasos! Si aún frecuentais el Foro, ¡despertaos, levantaos, dadme la bienvenida!

El cura se esforzó en vano en sacarme de mi ensoñación. Mi rostro tenía las marcas del dolor, pero no le contesté. Al final, exclamó:

-¡Mire el Tíber!

¡Qué río más hermoso! Tus aguas fluyen eternas, ahora y siempre.Tus olas brillan al sol o se oscurecen por las nubes de la tormenta.

Tu nombre fue como un hechizo. Las lágrimas brotaron de mis ojos. Me bajé del carruaje. Corrí a la orilla y de rodillas os ofrecí, sagrados nombres de Júpiter y Palas, promesas que hicieron temblar mis labios y que la luz casi abandonara mis ojos.

¡Oh, Júpiter, Júpiter Capitolino, tú que has contemplado tantos triunfos, ojalá que tu templo exista aún, ojalá que las víctimas aún sean conducidas a tus altares!

¡Minerva, protege a tu Roma!

En ese momento de agónica plegaria, el destino de mi patria parecía que no estaba decidido, las espadas aún estaban en alto. ¡Ay! No podía creer que se hubiera ido todo lo que era grande y bueno.

Mi acompañante trató en vano de separarme de las orillas del río divino. Me quedé allí sentado, inmóvil. Mis ojos no recorrían el paisaje que me rodeaba, que estaba cambiado, sino que permanecían fijos en las aguas o se elevaban al cielo azul y brillante.

-¡Esos, esos al menos son los mismos, siempre, siempre los mismos!

Esas fueron las únicas palabras que murmuré cuando la caída de mi país bajo la agonía feroz del fuego inundó mi mente. El cura trataba de tranquilizarme, pero yo guardaba silencio. Al final, la fuerza de la pasión me conquistó, y después de muchas horas luchando como un loco, consentí que me llevaran al carruaje y, cerrando las cortinas, me abandoné al recuerdo cuya amargura solo disminuyó porque me faltaban las fuerzas.

Jean-Auguste Dominique Ingres. Retrato de François-Marius Granet, 1807.

Era de noche cuando entramos en Roma:

-Mañana visitaremos el Foro -dijo mi acompañante.

Yo asentí. No deseaba que viniera conmigo, y por tanto me retiré temprano sin revelar mis intenciones.

Tan pronto como me vi libre de impedimentos, pedí un guía y fui rápidamente a visitar el escenario de la grandeza humana absoluta.

Foto Maite Jiménez. Febrero 2020

La luna había salido y proyectaba una luz brillante sobre la ciudad de Roma (si puedo llamar a aquello Roma, que no se parecía en nada a la Reina de las Naciones tal como yo la recordaba). Cruzamos el Corso y vi varios obeliscos magníficos, que parecían decirme que la gloria de mi país no había desaparecido.

Me detuve al lado de la Columna de Antonino, que se hundía profundamente en la tierra y, rodeada por los restos de cuarenta columnas, produjo en mi mente la idea de decadencia. Mi corazón latía con miedo e indignación mientras me aproximaba al Foro por caminos que me eran desconocidos.

El hechizo se rompió cuando contemplé las columnas quebradas y los templos en ruinas del Campo Vaccino (con ese deshonroso nombre hay que llamar ahora al Foro Romano).

Eché un vistazo alrededor, pero nada era como antes.

Vi ruinas de templos construidos después de mi tiempo. El Coliseo era desconocido para mí, y parecía como si la transformación de aquellas magníficas ruinas apagara de repente el entusiasmo de la indignación que antes había dominado mi corazón.

Nunca me hubiera atrevido a imaginarme el Foro Romano deteriorado y corrompido.

Una vaga imagen de columnas rotas flotaba en mi mente, como si recordara estatuas caídas de los dioses abandonadas a su suerte en un lugar donde antes yo las había adorado. Pero todo estaba cambiado, e incluso las columnas que quedaban del templo erigido por Camilo habían perdido su identidad, rodeadas por nuevos candidatos a la inmortalidad.

Con calma me dirigí a mi guía y le pregunté:  

-Estas son las ruinas del Foro Romano, pero, ¿qué es ese inmenso edificio que se ve al final de esta avenida de árboles, cuya sombra a la luz de la luna parece indicar algo maravilloso e imponente?

Ese es el Coliseo.

-¿Y qué es el Coliseo?

¿No lo conoce? Es el conocido anfiteatro construido por Vespasiano, emperador de Roma.

¿Fue emperador de Roma? De acuerdo, visitémoslo.

CONTINUARÁ…

Publicado en CUADERNO DE VIAJE, LIBRI, REFERENCIAS CLÁSICAS, ROMA | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

VALERIO, EL ROMANO REDIVIVO (1)

MARY SHELLEY,

Valerius: the reanimated Roman (1819)

Traducción Maite Jiménez 2021

Un día del mes de septiembre, alrededor de las once de la mañana, dos extranjeros desembarcaron en la pequeña bahía formada por el extremo del cabo Miseno y el promontorio de Bauli.

El cielo estaba sereno, de un azul intenso, y el mar revelaba su profundidad con una tonalidad más oscura. A través de las aguas claras se veían algas de variados y hermosos colores que crecían entre los restos de los palacios romanos, ahora sumergidos bajo el agua. El sol brillaba esplendoroso y el calor era insoportable.

Nada más desembarcar, inmediatamente los extranjeros buscaron un lugar a la sombra donde poder refrescarse y esperar a que el sol iniciara su descenso por el horizonte. Se dirigieron a los Campos Elíseos.

Caminando entre los chopos y las moreras festoneadas por las uvas que colgaban en ricos y maduros racimos, se sentaron a la sombra de las tumbas junto al “Mare Morto”.

Uno de los extranjeros era un inglés de clase alta, como fácilmente podía deducirse por su porte distinguido y sus modales llenos de dignidad y libertad. Su compañero (no puedo compararlo a nada que ahora exista) tenía un aspecto parecido al de la estatua de Marco Aurelio en la Plaza del Campidoglio en Roma.

Sereno e imponente, sus facciones eran romanas. Salvo por su atuendo, podría tenérsele por la estatua viviente de un romano. Vestía la ropa que ahora se lleva en toda Europa, pero era como si no le quedara bien, e incluso como si no estuviera acostumbrado a ella.

Una vez sentados, empezó a hablar de esta manera: 

«Prometí contarle, amigo mío, cuáles fueron mis sensaciones al revivir y cómo me impresionó el aspecto de este mundo (sombra de lo que una vez fue), cuando la luz del sol volvió a mis ojos después de haberlos abandonado durante cientos de años. Y qué lugar mejor que este para el relato.

Este fue el sitio elegido por nuestra antigua y venerable religión, el que mejor representaba la respuesta que los oráculos habían dado o que los adivinos recibieron de la morada de los bienaventurados en el Más Allá. Estas son las tumbas de los romanos.

Este lugar ha cambiado mucho desde aquellos días por culpa de la mano sacrílega del hombre, pero aún lleva el nombre de Campos Elíseos.

El Averno está a un paso de donde nos encontramos y este mar azul que contemplamos es el Mediterráneo, inmutable frente a todo lo demás, que lleva las huellas de la esclavitud y la degradación.

Perdóneme, usted es inglés y dicen que son libres en su país (un país desconocido cuando yo vivía), pero los malditos italianos, que usurpan la tierra por donde una vez caminaron los héroes, me inspiran un amargo desprecio. ¿Se atreven a usurpar el nombre de los romanos? ¿Se atreven a imaginar que descienden de los amos y señores del mundo? Olvidan que, con la muerte de la República, todas las antiguas familias romanas fueron desapareciendo poco a poco y que sus continuadores usurparon sus nombres, pero no eran ni son romanos.

Yo viví en la época de Cicerón y de Catón. Mi clase no era ni la más alta ni la más baja de Roma: era caballero. No llegué a ver mi patria esclavizada por César, quien, mientras yo vivía, solo se distinguió por sus prácticas libertinas. Morí antes de cumplir los cuarenta y cinco años, defendiendo mi patria contra Catilina.

Por aquella época, los hombres buenos de Roma lamentaban amargamente el declive moral de la Ciudad. Mario y Sila ya nos habían enseñado algunas de las miserias de la tiranía y yo solía lamentar el día en que el Senado se convirtió en una asamblea de semidioses. Pero, ¿qué clase de hombres vivían en aquellos días?

L´Arringatore (Museo Archeologico Firenze. Foto Maite Jiménez 2017)

La República llegó a su ocaso como el sol de un brillante día de verano. ¿Cómo podía yo perder las esperanzas por mi patria, mientras hombres como Cicerón, Catón, Lúculo y tantos otros a los que conocí, llenos de virtud y de sabiduría, mis más íntimos y queridos amigos, aún estaban vivos?

Jean Paul Laurens, Suicidio de Catón de Útica.

No voy a incordiarlo con la historia de mi vida. En los tiempos modernos, la vida privada parece ser la parte de la historia de un hombre que más se investiga. En Roma, la historia de un individuo era la historia de su país. Vivíamos en el Foro y en el Senado.

Mi familia había sufrido las guerras civiles. Mi padre fue asesinado por Mario, y mi tío, que me cuidó durante mi infancia, fue proscrito por Sila y asesinado por sus secuaces. Mi fortuna se vio considerablemente disminuida por esas desgracias familiares, pero yo vivía con austeridad y ocupé con honor algunos de los más altos puestos del Estado. Fui cónsul en una ocasión.

Tampoco voy a contar ahora lo que tanto le interesaría, todo lo que sé de aquellos grandes hombres con cuyos hechos, aunque distantes en el tiempo, está usted íntimamente familiarizado. Estos temas han constituido y constituirán una fuente inagotable de conversación durante el tiempo que estaremos juntos, pero ahora he prometido contarle lo que sentí y vi cuando revisité, hace ahora tres años, esta decadente Italia...«

Carlo Fratacci (fotografo)

CONTINUARÁ…

Publicado en CUADERNO DE VIAJE, LIBRI, REFERENCIAS CLÁSICAS, ROMA | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario