VALERIO, EL ROMANO REDIVIVO (5)

-Ya he cumplido mi promesa de contarle mis primeras sensaciones al despertar a la vida. No es preciso que le haga una narración formal de lo que he aprendido desde entonces. En el viaje que hemos planificado tendremos bastantes ocasiones de conversar y de discutir. Usted ha conseguido que desee ver su país, y mañana embarcaremos. Dejo Roma, el Coliseo y a Isabel, tal es mi naturaleza de curiosa. Antes de volver a morir, quiero examinar los tan pregonados avances de los tiempos modernos y juzgar si, con el vaivén de las cosas humanas, el hombre está más cerca de la perfección que en mi época.

Termas de Caracalla (Foto Maite Jiménez, Febrero 2020)

El sol había descendido mucho cuando los dos amigos se levantaron y regresaron al bote. Mientras remaban de vuelta a Nápoles, el sol se puso dejando una intensa tonalidad naranja en el cielo que ardía sobre las aguas, al tiempo que el Cabo Miseno y las islas formaban una silueta negra en el horizonte.

Ivan Aivazovsky, Bahía de Nápoles (ca. 1848)

La luna salió por el otro lado de la bahía y su luz plateada contrastaba con los resplandecientes colores de la puesta de sol italiana. Caía la noche y las luces de las barcas de pescadores brillaban en el mar, a la vez que uno o dos barcos más grandes parecían cruzar como enormes sombras entre la luna y los paseantes que la contemplaban.

Ivan Aivazovsky, Bahía de Nápoles (1870)

El radiante espectáculo de la puesta de sol y la tenue luz de la luna invitaban a la ensoñación y prohibían a las palabras perturbar la magia del momento. El viejo romano quizás pensó en los días que había pasado en Bayas, cuando el eterno sol se había puesto como ahora, y él vivía en otros días con otros hombres.

Bayas

La historia termina aquí, pero el manuscrito incluye a continuación otra versión fragmentaria, relatada por Isabel Harley

Cuando saqué a mi singular amigo de la soledad del Coliseo, yo, con el permiso de Lord Harley, lo instalé en una habitación en nuestra casa.

Al principio, rehuía el contacto social y sufrió una gran depresión de espíritu, hasta tal punto que su salud se resintió.

Descubrí que debía asumir la tarea de motivarlo y de esforzarme a toda costa en sacarlo de la apatía en la que estaba sumido. Daba la impresión de que contemplaba todo lo que lo rodeaba como una espectáculo que no le concernía. En realidad era un ser distante de nuestro mundo. Los lazos que lo unían a él se habían roto hacía muchos años, y, a menos que yo tuviera éxito en volver a anudar al menos uno de ellos, se iba a morir pronto.

Turner, Ovidio es desterrado de Roma

Quise captar su atención visitando algunas de esas magníficas ruinas que hablan de la grandeza de la Antigua Roma. Dudé algún tiempo en cuál elegir. Los edificios más majestuosos habían sido erigidos después de su época, pero pensé que al estar situados en lugares familiares a sus recuerdos, despertarían su curiosidad, precisamente por serle desconocidos.

Yo misma disfruté visitando las Termas de Caracalla, cuyos enormes montones de muros y torres en pedazos, recubiertos de hiedra y de los arbustos más encantadores, parecen más un paisaje natural de una montaña que cualquier otra cosa construida por la mano del hombre.

Decidí llevarlo a esas nobles ruinas. Así que, un día fui a verlo. Llevé la conversación a su vida pasada y a su muerte. Le dije:

Tuvo suerte de morir antes de la caída de su patria y de no tener que ser testigo de su degradación con los emperadores. Esos emperadores, que tomaron el poder y la gloria de la República, disfrutaron de unos dominios tan extensos y de unas riquezas nunca vistos ni antes ni después. Salvajes y tremendos fueron los actos y los errores de esos hombres omnipotentes. Sus enemigos no podían escapar de ellos. Les cortaron el cuello a capricho a millones de personas. Pocos emplearon su fortuna en la beneficencia, la mayoría, incluso los más perversos, la despilfarraron en sus ansias de magnificencia. Han dejado tras de sí maravillosos monumentos, pero no puedo contemplar esas maravillas como actos de grandeza imperial. Cuando los visito, los admiro como obras proyectadas por Camilo, Fabricio y los Escipiones y después transformadas. Considero a Caracalla y a Nerón, e incluso a los mejores de la tribu, Tito y Adriano, como meros obreros. Cuando visito el Coliseo, no pienso en Vespasiano, que lo construyó, ni en la sangre de los gladiadores y de las bestias que lo contaminaron, sino que venero el espíritu de la Antigua Roma y de sus nobles héroes, que liberaron a su patria de los bárbaros y que han iluminado todo el mundo con su milagrosa virtud. Le he oído expresar su desagrado al ver las obras de los opresores de Roma, pero visítelas conmigo con este espíritu, y descubrirá que lo subyugarán con ese temor reverencial que el poder ganado y acompañado por el vicio nunca podrá brindar.

Foto Maite Jiménez (Febrero 2020)

Se dejó convencer y fuimos paseando por debajo del Campidoglio y por la parte de atrás del Monte Palatino de camino a las Termas.

Campidoglio

El principal sitio histórico de la Ciudad está desierto. Visitamos el Foro y las colinas más populosas de Roma a través de senderos cubiertos de hierba y por campos donde apenas viene gente. Esto es un privilegio. Las ruinas perderían la mitad de su belleza de estar rodeadas por edificios modernos. Solo hay que lamentar que el Capitolio no haya sido descuidado como el Monte Palatino y el Monte Celio.

Palatino. Foto Maite Jiménez (Febrero 2020)

No puedo decir cuales fueron los sentimientos de Valerio: sus emociones eran intensas, pero permanecía en silencio. Sin embargo, elevaba constantemente los ojos al cielo y en una ocasión dijo:

Me gusta mirar al cielo, porque es lo único que no ha cambiado.

Foto Maite Jiménez (Febrero 2020)

Entramos en las Termas, y tras visitar todas las estancias, subimos por una escalera en ruinas y pasamos por encima de los arcos y de los muros, que, cuando se está sobre ellos, parecen campos, valles y onduladas colinas. Nos hallábamos rodeados por arbustos fragantes, y su altura a cada lado del sendero engañaba y le añadía una extensión aún mayor a las ruinas sobre las que caminábamos.

Foto Maite Jiménez (Febrero 2020)

A veces, la parte más alta de un arbotante se extendía hasta un campo adornado de las flores más hermosas. Luego, subiendo por un sendero empinado, llegamos a lo alto de una torreta y vimos toda Roma con los meandros del Tíber a poca distancia de nosotros.

De todos los lugares de la Ciudad, este es el que más me gusta visitar. La belleza y los perfumes de la Naturaleza se conjugan con la idea más sublime del poder humano. Y cuando se unen así, poseen un interés y una sensación que llegan hasta lo más profundo de mi corazón.

Nos sentamos en la cima y yo busqué en los ojos de mi acompañante una expresión de maravilla y de placer como la que brillaba en los míos. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Tuner, Roma desde el Aventino.

Usted me ha traído aquí –dijo- para ver las obras de los romanos, y no veo más que destrucción. ¡Qué cantidad de hermosos templos han sido reducidos a polvo! Mis ojos vagan por las Siete Colinas y toda su gloria se ha desvanecido. Cuando las columnas de su Foro se quiebren, ¿qué va a quedar de Roma? El Capitolio, menos afortunado que las otras colinas, que han vuelto a la soledad de la naturaleza, está rodeado por edificios modernos. Y estas ruinas son magníficas, pero cuentan una historia de miseria. Estas termas no existían en mi época. Existieron en todo su esplendor cientos de años después de que yo me hubiera olvidado del mundo. Pero ahora, su techumbre se ha desmoronado, su suelo ha desparecido. Están plagadas de hierba, de arbustos, mutiladas, pero aún en pie. Así es la inmortalidad de Roma. Sus muros aún están en pie, circundan una enorme extensión. La ciudad moderna está llena de las ruinas de la antigua. Los extranjeros acuden en manada y se maravillan de la inmensidad de sus restos. Pero a mí todo me parece vacío. Los antiguos templos donde yo veneraba a Quirino y a los protectores de lo que entonces yo llamaba la ciudad inmortal… ¡ay! ¿Por qué despertarse a la realidad?

Piranesi, Ruinas de las Termas Antoninas o de Caracalla

Se está mortificando con pensamientos muy tristes. Roma cayó, pero aún se la venera. Para mí es una visión singular e incluso hermosa observar los cuidados y los desvelos con que sus degenerados vástagos preservan sus reliquias. Todo el mundo la visita con entusiasmo y la deja con amargo pesar. Todo parece sacrosanto dentro de sus muros. Cuando un extranjero reside dentro de sus límites, siente como si habitara en un templo sagrado…sagrado, aunque profanado. La indignación y la compasión se mezclan con la admiración y experimenta unas sensaciones que suavizan su corazón y no puede olvidarla ni siquiera con la edad o el dolor. Si me ocurriera la mayor de las desgracias, me parece que el recuerdo de haber vivido aquí me consolaría en parte. Si un hombre de la época de Pericles tuviera que volver a vivir en Atenas, tendría muchos más motivos para lamentar su caída que usted por la decrepitud y la decadencia de Roma.

Como deseaba despertar el interés Valerio y no tanto mostrarle todas las ruinas de su patria, para estimular la sensación de que en cierta medida aún se hallaba ligado al mundo, elegí lo que era más perfecto y pintoresco, hasta donde yo sabía. No había visto todavía el Panteón. No lo llevaría aquel día, porque sabía que su transformación en una iglesia católica, aunque seguramente lo había preservado, le provocaría un gran disgusto. Elegí el momento en que la luna estaba en creciente. Desde lo alto brillaría a través del óculo del templo. 

Una tarde, a eso de las siete, sin decirle a dónde íbamos, me lo llevé conmigo…

CONTINUARÁ…

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VALERIO, EL ROMANO REDIVIVO (4)

(…) Sin embargo, el lenguaje humano verdaderamente fracasa en su intento de describir el tremendo cambio acontecido en el mundo a causa del lento devenir de tantas épocas, pero a mí pudo revelárseme como la obra de unos pocos días debido a mi singular situación.

No soy capaz de recordar la agonía de aquellos momentos sin ponerme a temblar.

No era una retahíla de pensamientos amargos; no era la desesperación que me reconcomía los nervios sin síntomas externos que me delatasen; no era la primera punzada de dolor por la pérdida de lo que amamos.

Fue un devastador incendio que envuelve los bosques y las ciudades con sus llamas. Fue una tremenda avalancha que se lleva por delante árboles y piedras y que cambia el curso de los ríos. Fue un terremoto que sacude el mar, derriba montañas y amenaza con mostrar a los ojos de los hombres los misterios del interior de la tierra.

¡Oh! ¡Fue más que todo eso! ¡Más de lo que las palabras pueden expresar, más de lo que las imágenes pueden ilustrar!

Turner, La mañana después del Diluvio.

El extranjero interrumpió su relato, y reinó un largo silencio. Sus ojos estaban fijos en las aguas muertas que había frente a él, y su compañero lo contemplaba maravillado y emocionado.

Una ligera brisa pasó sobre el mar y lo agitó. Su susurro se oyó entre los árboles. Esta pequeñísima alteración despertó al romano de su ensoñación y continuó:

Tuner, Costa de Nápoles (ca. 1828)

Ha pasado un año desde que me planté por primera vez dentro del Coliseo. La maleza oscura parecía más negra a la luz de la luna, y los arcos caídos se alzaban bellísimos en aquella quietud. El aire estaba callado. Era plena noche y no me llegaba ningún sonido de la ciudad. Aunque, poco a poco la luna se ocultó y el día comenzó a despuntar. Los ruidos de la vida humana empezaron a oírse, y mis propios pensamientos, que durante la noche habían conversado solo con los recuerdos, ahora regresaron a la mezquina y cruda realidad.

Giovanni Paolo Pannini

Analicé mi situación actual, ya que quería hacer planes para mi vida futura.

Me desagradaba muchísimo mi acompañante el cura. Durante mi breve estancia desde que volví a este mundo, desarrollé una enorme animadversión hacia esta clase de hombres a la que él pertenecía.

Me desagradaba la superstición católica y no quería tener ningún trato con sus ministros y siervos. Las joyas y el dinero que yo tenía bastaban para mi sustento, y deseaba liberarme de la sumisión en la que su presencia parecía tenerme.

A pesar de hallarme en mi Roma natal, era para mí una ciudad extraña de costumbres desconocidas. A duras penas entendía su idioma, y los recuerdos de mi vida pasada solo me hacían caer en ridículos errores.

Fue entonces cuando intervino una especie de divinidad que envió a mi espíritu protector a cuidar de mí y me rescató de mis aprietos.

Turner, Ángel en el sol.

Cuando a la mañana siguiente el viejo cura descubrió que yo había desaparecido, mandó al guía que me había acompañado la noche anterior a por mí para traerme de vuelta y comenzó una ronda de visitas para dar a conocer la “curiosidad” que tenía a su cuidado.

Entre otros, visitó a Lord Harley, que llevaba mucho tiempo viviendo en Roma y del que era un viejo conocido. Usted conoce a Lord Harley y a su familia, por tanto no necesito describírselos. Como conoce su carácter, puede fácilmente imaginarse el interés y la curiosidad que el relato del cura despertó en su joven esposa.

Lady Harley pidió su carruaje y, llevándose al cura con ella, corrió a su hotel para poder verme. Yo no había regresado y el guía que había ido a buscarme le dijo que yo me negaba a abandonar el Coliseo, de modo que, dejando en el hotel al sacerdote y acompañada solo por su hijito, vino a mi refugio.

Yo estaba sentado bajo los arcos en ruinas del lado sur cuando la vi acercarse llevando al niño de la mano. Se sentó a mi lado, y después de unos pocos segundos, me habló en italiano:

Perdóneme si lo molesto. Acabo de ver al padre Giuseppe y sé quién es usted. No es feliz y ha sido arrojado a nuestro mundo sin amigos y sin conocidos. ¿Me permitirá que le ofrezca mi amistad?

Estaba confuso por aquellas palabras que me dirigía una hermosa joven completamente desconocida para mí, y pasó un rato antes de que pudiera contestar a un ofrecimiento tan gentil, aunque muy inusual.

Considéreme, se lo ruego, una vieja conocida, no una italiana moderna, que no lo soy, por cierto, sino como una de tantas extranjeras a las que su vieja ciudad ha cautivado. Vengo de un país lejano y, por tanto, desconozco su idioma y sus leyes. Usted tendrá que enseñarme todo lo que fue grande y valioso en su época, y yo, a cambio, le enseñaré los usos y costumbres de la nuestra.

Así me habló, y con sus dulces sonrisas y su suave elocuencia me conquistó para que confiara por completo en ella.

Me considerará su hija– dijo -, si es que una chica escocesa puede aspirar a tal honor. Vengo de la Ultima Thule, descubierta por César, pero desconocida en su época. Me casé con un inglés, un buen partido, mayor que yo, pero que disfruta cultivando mi mente. Venga conmigo a nuestra casa. Será muy bien recibido y respetado, y nosotros intentaremos aliviar los dolores que le han infligido las ruinas de su patria.

La seguí a su casa y desde aquel día comenzó una amistad que representa la única esperanza y el único placer de mi vida.

J.D. Odevaere

Si a mi regreso a la tierra mis afectos no hubieran sido despertados, no habría vivido mucho tiempo. Pero Isabel calmó mi desesperación y ha curado con cariño angelical todas las heridas de mi corazón.

No puedo decirle cuánto la amo, cuán amado es para mí el sonido de su voz. Cicerón no amó a su Tulia tanto como yo amo a esta divina criatura. No podría imaginar ni siquiera la cuarta parte de sus virtudes y de su sabiduría. Es tan sincera y a la vez tan tierna, que ha conquistado mi alma y la ha ligado a la suya de un modo que nunca en mi vida había experimentado.

Ella es patria, amigos, todo, todo lo que perdí ella lo es para mí.

CONTINUARÁ...

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VALERIO, EL ROMANO REDIVIVO (3)

Entramos en el Coliseo, esa noble reliquia de grandeza imperial. Sí, imperial, pero romana. Y aquel entusiasmo que las ruinas quebradas del Foro habían apagado, volvió a despertarlo esta maravillosa mole.

La luna brillaba por entre los arcos rotos y reflejaba la gloria en torno a los muros derruidos, coronados como estaban de maleza y de zarzas.

Miré a mi alrededor y un temor reverencial se apoderó de mí. Me sentí como si, al haber abandonado el Campo Vaccino, esta construcción fuera la metáfora de mis nobles compatriotras.

Sobre este edificio estaba el sello de la eternidad, y mi corazón se agitaba con las abrumadores sensaciones bajo las cuales luchaba por palpitar. No dije ni una sola palabra.

¡Ay! ¡Ay! Así es la imagen de la Roma caída, destrozada, deteriorada por una odiosa superstición, pero que aún invoca el amor…el honor, y que aún despierta en la imaginación de los hombres todo aquello que es capaz de purificar y ennoblecer la mente.

El Coliseo es el emblema de Roma. Sus arcos, sus mármoles, su noble aspecto, que debe inspirar a todos reverencia, lo que en la mente de los hombres es algo parecido a la adoración…es maravilloso, es inexplicablemente hermoso…todo él habla de su grandeza. Sus muros derruidos…sus arbotantes cubiertos de hierbas, y más que nada, las imágenes vergonzosas que lo llenan, nos hablan de su caída.

J.M.W. Turner, Vista de Roma desde el Campo Vaccino(1839)

Despedí a mi guía. Jamás me iría del Coliseo. Esta sería mi morada durante mi segunda estancia en este mundo.

Visité cada rincón de él. Desde la parte más alta, contemplé Roma, que dormía bajo los fríos rayos de la luna:

La cúpula de San Pedro y las otras cúpulas y chapiteles que formaban una segunda ciudad, las residencias de los dioses por encima de las residencias de los hombres.

El arco de Constantino a mis pies.

El Tíber y el enorme cambio en el urbanismo de la ciudad moderna.

Todo llamaba mi atención, pero tan solo despertó un vago y efímero interés.

Desde aquel momento el Coliseo fue mi mundo, mi morada eterna.

Es cierto que la curiosidad y la incomodidad me han sacado de allí ahora, pero mi ausencia será breve. Mi corazón está aún allí. Regresaré. Y en aquel recinto sagrado lanzaré, antes de morir, mi última llamada a los romanos y a la libertad.

Es cierto que ya me había convencido de que Roma había caído, que sus cónsules y triunfos se habían acabado, y que los templos de su Capitolio habían sido destruidos.

Pero el Coliseo había mitigado el vigor de aquellos sentimientos, que de lo contrario me habrían destruido. La indignación, la desesperanza, todas las pasiones humanas murieron en mi interior. Me entregué, peregrino desde hacía unos años, a un mundo de cuyo espectáculo soy mero espectador.

Si Roma está muerta, huyo de sus despojos, horribles como los de la vida humana.

Solo en el Coliseo reconozco la grandeza de mi patria, el único refugio que tiene valor para un antiguo romano.

Pero, de repente, ese sentimiento tan terrible para la mente humana, el sentimiento de absoluta soledad, obró un nuevo cambio en mi corazón.

Recordé como si fuera ayer todos los espectáculos que la antigua Roma me había ofrecido. Sentado bajo uno de los arcos del edificio y escondiendo mi rostro entre mis manos, reviví en mi imaginación el recuerdo de lo que había dejado cuando vi por última vez la luz del día.

Había dejado a los cónsules en el pleno ejercicio del poder. Unos años antes, el imperio, despedazado por Mario y Sila y privado del sostén de una mano protectora, se tambaleaba a punto de capitular.

Pero, durante mi vida, se había alzado un nuevo espíritu. Los hombres se sintieron de nuevo vivificados por la sagrada llama que ardía en las almas de Camilo y de Fabricio, y me llenó de inmenso gozo el hecho de ser amigo de Cicerón, de Catón y de Lúculo.

Los más jóvenes, los hijos de mis amigos, Bruto y Casio, se alzaron como promesa de la misma virtud.

Sir John Gielgud y James Mason como Casio y Bruto
en Julio César (1953) de Joseph L. Mankiewicz

Cuando morí, estaba profundamente convencido de que, ya que la filosofía y las letras se hallaban entonces unidas a una virtud sin parangón en el mundo, Roma se estaba aproximando a esa perfección desde la cual era imposible caer.

Estaba convencido de que, aunque los hombres todavía tenían miedo, se trataba de un temor sano que los impulsaba a la acción y a la garantía absoluta del triunfo del Bien.

Ex litterarum studiis immortalitatem acquiri.
(Alciato, EMBLEMA CXXXII. Emblemata 1591)

Cuando desperté, Roma ya no existía.

Aquella luz que yo había saludado como heraldo de la perfección, se convirtió en la antorcha que le añadió esplendor a su funeral…y aquellos hombres, cuyas almas eran como templos de la perfección, fueron las víctimas sacrificiales en su propia pira funeraria.

¡Oh!, jamás una nación tuvo una muerte así. Sus asesinos celebraron juegos alrededor de su tumba como los que después casi destruyen medio mundo. No hubo combates de gladiadores y bestias, sino feroz lucha de pasiones encontradas, la guerra de millones de personas.

Pero todo aquello ya se ha acabado. El júbilo del tirano se ha desvanecido. El monumento que es Roma, tan espléndido durante siglos y adornado por saqueos de otros reinos, ahora se ha reducido a polvo.

Algunas columnas y arcos desperdigados aquí y allá viven para contar dónde estaban, pero su gente está muerta.

Los extranjeros que la poseen han perdido todas las características de los romanos.

Han abandonado su sagrada religión.

La Roma moderna es la capital del cristianismo, y ese título corona mi desesperación.

Christoffer Wilhelm Eckersberg

CONTINUARÁ…

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