
Después de la destrucción de Troya soplaban dulces los vientos y los griegos vencedores se encaminaban hacia las cóncavas naves.

Antes de zarpar, hundieron sus espadas en los muslos de los bueyes que crepitaban al fuego en la playa, brindaron con cálices de oro y plata por la victoria, hicieron gloriosos sacrificios a los númenes patrios y por doquier se oyeron cantos de regocijo que celebraban el regreso.

El anciano Néstor, señor de Pilos, los animaba a embarcar. Atrás había quedado la cólera del pélida Aquiles y la furia de Poseidón, dios de los cerúleos mares.

Antes de zarpar, los griegos pudieron presenciar otro prodigio. Hécuba, la esposa del rey Príamo, ahogada por sus lágrimas y aullando de dolor, se estaba metamorfoseando en perra. A continuación, el poder de una divinidad la mudó en piedra.
Cargaron todas las riquezas saqueadas en las naves, y no solo el oro de Troya y las joyas de Helena, porque también empujaron a las incontables cautivas que eran incapaces de contener más el llanto.

No obstante, el adivino Calcante no embarcó. Contemplaba los barcos salpicados por las olas, que escupían salitre a sus ojos. Había visto en sueños el futuro: cómo una tormenta enviada por Zeus, instigado por Atenea, iba a acabar con la vida del joven Áyax en las rocas Caférides de la isla de Eubea. Así castigó el Olimpo el ultraje del hijo de Oileo a la princesa Casandra.

El adivino Calcante conservó el juicio, el destino se lo arrebató a los demás griegos, salvo a uno. El joven ANFÍLOCO, hijo de Anfiarao, se quedó con Calcante en la playa. A ellos les estaba reservado viajar a tierras desconocidas, allí donde el sol se hunde en el horizonte.

Anfíloco era un muchacho valiente, dotado, como su padre, con el don de la profecía, como cuenta Quinto de Esmirna.
Había estado dentro del vientre del caballo de madera, sintió la flecha del sacerdote Laoconte y los gritos desesperados de sus hijos, enredados por las serpientes de Poseidón.

En su periplo por el vinoso mar, Anfíloco se internó con su camarada Mopso en la Cilicia, tierra de arenas calientes, y ambos fundaron la ciudad de Malo.

Pasaron los meses y las disputas por el gobierno de la ciudad sembraron la enemistad entre Anfíloco y Mopso. Algunas crónicas cuentan que Calcante murió allí, y que Anfíloco se exilió voluntariamente, lleno de dolor por haber perdido a un amigo y a su maestro.

Cuenta el sabio Heródoto de Halicarnaso que el joven prosiguió su navegación, y fundó la ciudad de Posideo, cerca de Siria, cuyas arenas dicen que son negras.

Anfíloco echaba de menos su Argos natal, pero sabía que no podía volver a pisar suelo griego. Los tebanos no se olvidaban de la conquista de su ciudad, primero atacada por su padre y luego tomada por él y su ejército.

En estas circunstancias, Anfíloco se convirtió en emigrante.
Resignado por su suerte, decidió navegar hacia donde había ido el sagaz Odiseo. Sabía que había traspasado los límites del mundo conocido y que había fundado una ciudad que lleva su nombre en la desembocadura de un río muy importante: Olisipo

Así las cosas, navegó hacia poniente, animado por la perspectiva de empezar de cero.
En su viaje, se enteró que el joven Diomedes había recalado en otro estuario muy amplio, donde desemboca un río muy grande que baña un territorio lleno de misterio, muy verde y amable. LLaman a esa ciudad Tyde. Desembarcó allí y permaneció con él apenas una semana.

Allí también tuvo noticias de que el audaz arquero Teucro ocupaba otra ciudad asentada en un río un poco más pequeño, pero también muy hermoso.

Su nave no era muy grande, así que continuó el curso del río para adentrarse en un territorio lleno de bosques y de vides, de suaves ondulaciones y aguas calientes medicinales y que deslumbraban al visitante por sus intensos reflejos dorados. Ya había oído que aquellas tierras occidentales estaban bañadas por un río rico en oro, y aún sin explotar.


Todas las crónicas y el testimonio de personas importantes, duchas en la ciencia de la geografía, aseguran que Anfíloco fundó una ciudad en las riberas de un río rico en oro. Así lo dice Estrabón:
Asclepíades de Mirlea dice que algunos de los que siguieron a Teucro en su expedición se asentaron entre los galaicos y que allí había dos ciudades: una llamada Helenes y otra Anfílocos, pero, tras la muerte de Anfíloco, sus seguidores se adentraron en las tierras del interior.

Gallaeciae autem portio Amphiloci dicuntur.
Al historiador Justino no le cabe duda de que los ANFÍLOCOS son una parte de Galicia, cuyo nombre se remonta a este joven que quedó prendado del verdor de sus tierras, de su hospitalidad y de sus fértiles viñas. Así lo demuestra también su culto a Dioniso.

Los KALLAICOI, gentes de piel blanca como la leche, como su cielo estrellado, donde se ve la Vía Láctea, como decían los antiguos, tienen raíces griegas, no solo por Anfíloco, por Teucro o Diomedes, sino también por Hércules, que perdió la cabeza por una princesa de estas tierras, dando origen al nombre de Gallaecia.

Las crónicas de AURIA, la ciudad de Anfíloco, llamada así por el oro de su río, refieren que a la muerte del capitán griego, un grupo de hombres muy instruidos se reunían en esta Atenas gallega, y que de sus escritos aprendieron mucho los galaicos, lo que permitió su camino hacia la modernidad.
Nunca se olvidaron de sus ilustres orígenes ni del espíritu griego que inundaba su pensamiento:

