NADA EN EXCESO

NADA EN EXCESO

Herbert List
πολλὰ τὰ δεινὰ κοὐδὲν ἀνθρώπου δεινότερον πέλει (…)
καὶ φθέγμα καὶ ἀνεμόεν φρόνημα καὶ ἀστυνόμους
ὀργὰς ἐδιδάξατο (…)
παντοπόρος: ἄπορος ἐπ᾽ οὐδὲν ἔρχεται
τὸ μέλλον: Ἅιδα μόνον φεῦξιν οὐκ ἐπάξεται:
νόσων δ᾽ ἀμηχάνων φυγὰς ξυμπέφρασται.
(Sófocles, Antígona 332ss)
Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna más portentosa que el hombre (…)
Y por sí mismo ha aprendido la palabra y el pensamiento, rápido como el viento,
y las formas que ordenan la vida en común (…)
Recursos tiene para todo. Sin recursos en nada se aventura
al porvenir. Solo de la muerte no podrá escapar:
pero sí ha discurrido cómo huir de las inevitables enfermedades.
Auriga de Delfos (detalle) Foto Maite Jiménez 2019

Hace algunos años publiqué en este mismo sitio una entrada titulada CUERPOS HERMOSOS, PENES PEQUEÑOS. Desde entonces, cada vez que entraba en la página como administradora del blog, contemplaba atónita las palabras que se habían usado para la búsqueda y el número escandaloso de comentarios spam allí registrados, todos ellos de contenido extraño, desde pederastia a viagra. Estoy segura de que mi blog fue con frecuencia el destino de búsquedas de contactos y páginas porno a cuenta de este título. ¡Qué decepción habrán sufrido tantos visitantes, ávidos de encontrar a efebos con penes pequeños!.

Decidida otra vez a hablar del tema, he eliminado el post anterior y he cambiado su título. También el contenido ha sido actualizado, producto de una renovada reflexión.

Herbert List

En los muchos años que llevo enseñando lenguas clásicas, no ha habido clase que no me haya hecho la misma pregunta:

“Profe, ¿por qué las estatuas griegas tienen los penes tan pequeños?”.

Esta pregunta no es producto de la tormenta hormonal de mis estudiantes, sino de su agudeza. No es una cuestión baladí la que plantean mis pupilos año tras año.

Sí lo es esta otra:

“¿Por qué las estatuas griegas no tienen brazos?”, una sandez que ellos no formulan, porque son bastante más avispados que los cenutrios que se preguntan si la pobre Venus de Milo fue concebida así.

Dice la internet que entre los varones europeos avanza el llamado síndrome del vestuario. Los hombres que deben desnudarse en compañía de otros piensan siempre que su pene es más pequeño que el de los demás, y por eso no cesan de compararse con los ejemplares de su mismo sexo.

Culturalmente la virilidad se ha asociado al tamaño del pene. Los expertos aseguran que esta idea no tiene fundamento funcional. En el proceloso mar del placer sexual el tamaño no importa…o sí.

La zozobra invade a los hombres cuando contemplan sus miembros viriles después del esfuerzo deportivo, del agua fría de la natación o en estados de tristeza y desgana. Sus dimensiones han cambiado.

Cada vez que tengo la fortuna de visitar el Nuevo Museo de la Acrópolis de Atenas, me sobrecoge la sonrisa pilla del llamado JINETE RAMPIN. Este muchacho, perteneciente a la jeunesse dorée ateniense pre-democrática, es un atleta vencedor, bello y elegante.

A diferencia de aquellos jóvenes que lucharon contra el Terror tras la Revolución Francesa, no exhibe ropajes elegantes y sofisticados perfumes para reprobar a los terribles jacobinos.

La fresca belleza de su cuerpo desnudo que va a iniciar una carrera a caballo resume toda la nostalgia del momento feliz y efímero de la juventud, ese instante entre la niñez y la madurez que solo dura un suspiro.

Foto Nuevo Museo de la Acrópolis (Atenas)

Sonríe con el mohín de insatisfacción de un adolescente, sonríe porque está lleno de Χάρις, porque es consciente de su destino, porque está seguro de su ἀρετή y comunica un extraño bienestar.

Es joven, inteligente, perspicaz, con tiempo para sí mismo. Por eso tiene un esclavo que le peina los cabellos en bucles.

Su sonrisa lo distancia del común de los mortales, de los quehaceres de lo cotidiano, del aburrimiento del que trabaja.

Bendecido con el aliento de los dioses, está vivo, en armonía.

Foto

Cerca del Caballero Rampín está el tierno EFEBO DE CRITIOS, crucial en la historia de la estatuaria, según dicen los historiadores del arte.

Sin embargo, parece que su pene diminuto no combina nada bien con el esplendor de sus músculos, con su magnífica cresta ilíaca y sus asentados hombros.

Es un maniquí viril, lleno de sofrosine platónica, de templanza ática, equilibrio y proporción, si no fuera por su miembro viril.

Foto Nuevo Museo de la Acrópolis (Atenas)

Los efebos de los museos han competido, han ganado en el ἀγών deportivo, han sido coronados de olivo y su victoria significa transmitir su éxito personal a la comunidad.

Así lo expresó Aristóteles:

τῆς μὲν γὰρ ἀρετῆς καὶ τῆς εὐεργεσίας ἡ τιμὴ γέρας
(Ét. Nic. 1163b)

El honor es el trofeo de la virtud y del bien hacer.

Discóbolo. Palazzo Massimo alle Terme, Roma. (Foto Javier Rodríguez 2015)

Para estos varones, la ἀρετή, la excelencia moral, no se concibe sin el reconocimiento, conseguido en ese ensemble que es el ἀγών : religión, sacrificio, juego, comunidad, sociedad, honor, trascendencia.

Los atletas, efebos y κουροῖ griegos, así como todos los bellos varones europeos que pueblan desnudos los museos, se diferencian de los bárbaros que los rodean.

Los griegos se distinguen de los persas, para quienes la desnudez es vergonzosa.

Son esos persas que se inclinan sumisos ante su todopoderoso soberano en rigurosa fila india en Persépolis.

Apadana del palacio de Darío en Persépolis.

Por el contrario, los jóvenes atenienses de Fidias cabalgan desnudos, charlan entre ellos, se agolpan en la procesión de las Panateneas, llenos de vida y de desenfado.

Su cuerpo expresa valores colectivos.

Museo Británico

Muchos turistas orientales, ocultos tras el ojo polifémico de su cámara, fotografían al bello HERMES DE PRAXÍTELES en Olimpia con ansiedad, pero a duras penas pueden mirarle cara a cara y recorrer su cuerpo sin defectos sin sentir un punto de vergüenza.

Es la estrella del museo y disfruta de una estancia para él solo estupendamente iluminada, una sala para caminar o sentarse en el suelo y gozar del espectáculo. Muy pocos de esos visitantes dan la vuelta por detrás para admirar sus nalgas perfectas y su sugerente contrapposto. Creo que al ver su carne tan resplandeciente, los invade cierta incomodidad.

Uno de los hombres más bellos de la Historia del Arte es este atleta que se ciñe la diadema. Sus copias pueblan los museos europeos. El DIADÚMENOS de POLICLETO ha buscado el honor, no como meta, sino como camino para convencerse de su propio valor.

Su gesto parece decir: el juego debe terminar.

Ha terminado la adolescencia, he crecido, soy un hombre.

Diadúmenos. Museo Arqueológico de Atenas (Foto Maite Jiménez 2019)

Cuerpos desnudos, divinas proporciones, penes pequeños.

Los bellos efebos no muestran su glande, aunque no cubren sus cuerpos, porque hablan de tú a tú con la divinidad, mostrándole abierta y libremente lo perecedero del cuerpo.

Están seguros de que los dioses son como ellos.

Auriga de Delfos (detalle) Foto Maite Jiménez 2019

Lejos, en las cumbres de las montañas, en lugares prohibidos, una vez al año y en secreto, se rompe la idealización del cuerpo humano y también la proporción.

Son los RITUALES DEL INSTINTO, donde sátiros, faunos y seres dionisíacos sin control muestran con orgullo salvaje sus enormes penes erectos y sus violentas pasiones.

Estas figurillas también están en los museos, pero no ocupan los espacios centrales, sino que se han recogido en populosas vitrinas, al lado de los objetos cotidianos, donde vive la artesanía: lucernas, espejos, juguetes, estatuillas votivas y demás enseres domésticos.

Son las pasiones secretas de los seres que han dado rienda suelta a los excesos más inconfesables y por ello carecen de contención, de mesura, templanza y virtud.

Sátiro del pintor Epicteto procedente de Vulci, s. VI a.C. (BNF, Gabinete de las medallas)

Inevitablemente, cuando vemos el cuerpo hecho mármol de dioses y  hombres, pensamos, igual que Nietzsche, en Apolo, en la mesura y en el arte de la música, el alma de las cosas.

Koré del Peplo (Nuevo Museo de la Acrópolis, Atenas)

Frente a él se encuentra Dionisos, desmelenado y excesivo, todo instinto y naturaleza salvaje, la pulsión de la generación y también la vida en todo su esplendor.

Dionisos en el frontón este del Partenón (Museo Británico)

Parece ser que el sabio de los Siete Sabios Quilón de Esparta escribió en el templo de Apolo en Delfos esta máxima:

μηδὲν ἄγαν

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Esto lo cuentan Critias y Aristóteles. Otros se la atribuyen a Solón de Atenas.

Apolo del Templo de Zeus en Olimpia (Foto Maite Jiménez 2019)

Al parecer, para un griego la medida era lo mejor. No sin motivo Tales de Mileto medía la sombra de las pirámides.

En cualquier caso, todas aquellas palabras escritas en el pórtico de Delfos tienen mucho valor, según dijo el viajero Pausanias.

ἐν δὲ τῷ προνάῳ τῷ ἐν Δελφοῖς γεγραμμένα ἐστὶν ὠφελήματα ἀνθρώποις ἐς βίον (…) οὗτοι οὖν οἱ ἄνδρες ἀφικόμενοι ἐς Δελφοὺς ἀνέθεσαν τῷ Ἀπόλλωνι τὰ ᾀδόμενα Γνῶθι σαυτὸν καὶ Μηδὲν ἄγαν.

(Pausanias, X, 24)

En la pronaos de Delfos están escritas unas frases útiles para la vida de los hombres (…). En efecto, estos sabios, al llegar a Delfos, dedicaron a Apolo estas máximas:

CONÓCETE A TI MISMO

y

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Herbert List

 

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EL CIELO, EL HOMBRE, EL ELEFANTE

EL CIELO, EL HOMBRE, EL ELEFANTE

Gregory Colbert, Ashes and Snow

Italo Calvino, Il cielo, l’uomo, l’elefante, in Gaio Plinio Secondo. Storia naturale, I, Einaudi, Torino, 1982, pp. 8-13.

Después en Perché leggere i classici, Mondadori, 1995.

TRADUCCIÓN Maite Jiménez (mayo 2020)

Por el placer de leer, en la Historia Natural de Plinio yo aconsejaría centrarse sobre todo en tres libros: los dos que contienen los elementos de su filosofía, o sea el II (sobre cosmografía) y el VII (sobre el hombre) y, como ejemplo de sus correrías entre la erudición y la fantasía, el VIII (sobre los animales terrestres).

Naturalmente se pueden descubrir páginas extraordinarias por doquier: en los libros de geografía (IIIVI), de zoología acuática, entomología y anatomía comparada (IXXI), de botánica, agronomía y farmacología (XIIXXXII), o sobre los metales, las piedras preciosas y las bellas artes (XXXIIIXXXVII).

El uso que se ha hecho siempre de Plinio –creo- es para consulta, bien para conocer qué sabían los antiguos o creían saber sobre un determinado tema, o bien para espigar curiosidades y extrañezas. Sobre este último aspecto, no se puede descuidar el libro I, el sumario de la obra, cuya fascinación procede de combinaciones inesperadas: «Peces que tienen un guijarro en la cabeza. Peces que se esconden en invierno. Peces que acusan la influencia de los astros. Precios extraordinarios pagados por ciertos peces». O cosas como «Sobre la rosa: 12 variedades, 32 fármacos. Lirios: 3 variedades, 21 fármacos. Planta que nace de una lágrima propia. Narcisos: 3 variedades,16 fármacos. Planta cuya semilla se tiñe para que nazcan flores de colores. El azafrán: 20 fármacos, dónde da las mejores flores. Qué flores se conocían en el tiempo de la Guerra de Troya.Vestidos que rivalizan con las flores». O incluso «Naturaleza de los metales. Sobre el oro. De la cantidad de oro que poseían los antiguos. Del orden ecuestre y del derecho a llevar anillos de oro. ¿Cuántas veces ha cambiado de nombre el orden ecuestre?».

Pepino salvaje en el Disocórides árabe

Pero Plinio es también un autor que merece una lectura detenida en el sosegado movimiento de su prosa, animada por la admiración por todo lo que existe y por el respeto por la infinita diversidad de los fenómenos.

Podríamos distinguir un Plinio poeta y filósofo, con su sentimiento del universo, su pathos del conocimiento y del misterio, y un Plinio neurótico coleccionista de datos, un compilador obsesivo que parece preocupado solamente por no desperdiciar ninguna anotación de su mastodóntico fichero.

Perspective interior view of Sir Ashton Lever’s Museum in Leicester Square, London March 30 1785. Watercolour by Sarah Stone.

En la utilización de las fuentes escritas era omnívoro y ecléctico, pero no acrítico: estaba el dato que tomaba por bueno, el que registraba a beneficio de inventario y el que rebatía como patraña evidente, aunque el método de sus valoraciones parece de lo más vacilante e imprevisible.

Una vez admitida la existencia de estas dos facetas, es necesario reconocer al punto que Plinio es siempre uno, como uno es el mundo que quiere describir en su variedad de formas.

Paolo Balboni, Varanasi

Para lograr su empeño, no tiene miedo de agotar el interminable número de formas existentes, multiplicado por el interminable número de noticias existentes sobre todas estas formas, porque formas y noticias tienen para él el mismo derecho a formar parte de la historia natural y de ser interrogadas por quien busca en ellas esa señal de una razón superior que él está convencido que tienen que contener.

El mundo es el cielo eterno e increado, cuya bóveda esférica y giratoria cubre todas las cosas terrenas (II, 2), pero el mundo difícilmente puede distinguirse de Dios, que para Plinio y para la cultura estoica a la que pertenece es un dios único, no identificable con ninguna de sus partes o aspectos, ni con la caterva de personajes del Olimpo, pero quizás sí con el sol, alma, mente o espíritu del cielo (II, 13).

Mapamundi de Pomponio Mela (Reconstrucción de K. Miller 1898)

Pero al mismo tiempo el cielo está hecho de estrellas eternas como él. Las estrellas entretejen el cielo y al mismo tiempo están insertas en el tejido celeste: aeterna caelestibus est natura intexentibus mundum  intextuque  concretis (II,  30). Pero también está el aire (encima y debajo de la luna), que parece vacío y difunde aquí abajo el espíritu vital, y genera nubes, granizo, truenos, rayos y tormentas (II, 102).

Cuando hablamos de Plinio, no sabemos nunca hasta qué punto podemos atribuírle a él las ideas que expresa. De hecho, es escrupuloso en el hecho de poner lo menos posible de su cosecha y atenerse a lo que transmiten las fuentes, y ello con arreglo a una idea impersonal del saber que excluye la originalidad personal.

Para tratar de comprender cuál es verdaderamente su sentido de la Naturaleza, qué lugar ocupa en él la arcana majestad de los principios y cuánto la materialidad de los elementos, debemos atenernos a aquello que es sin duda suyo, o sea, la sustancia expresiva de su prosa. Véanse por ejemplo las páginas sobre la luna, donde el tono de conmovedora gratitud por este «último astro, el más familiar para cuantos viven sobre la Tierra, remedio de las tinieblas”: novissimum sidus, terris familiarissimum et in tenebrarum remedium… (II, 41),  y por todo lo que él nos enseña con el movimiento de sus fases y sus eclipses, se une a la ágil funcionalidad de las frases para describir esta mecánica con nitidez cristalina.

Frontispicio de la edición de la Historia Mundi Naturalis, de Plinio el Viejo (Sigmund Feyerabend, Frankfurt am Main 1582.)

En las páginas astronómicas del libro II es donde Plinio demuestra que puede ser algo más que el compilador de gusto imaginativo como se le ha descrito habitualmente, y se revela como un escritor que posee la que será la principal cualidad de la gran prosa científica: describir con evidencia nítida el razonamiento más complejo, extrayendo de él un sentido de armonía y de belleza, todo ello sin inclinarse jamás hacia la especulación abstracta.

Plinio se atiene siempre a los hechos, a aquellos que considera hechos o que alguno los ha considerado como tales. No acepta la infinidad de los mundos, porque la naturaleza de este mundo es ya bastante difícil de conocer y la infinidad no simplificaría el problema (II, 4). No cree en el sonido de las esferas celestes, ni como fragor más allá de lo audible, ni como inefable armonía, porque “para nosotros, que estamos dentro de él, el mundo se desliza día y noche en silencio” (II, 6)

Diagrama de los planetas de los excerpta de Plinio el Viejo (Harley MS 2506  ca. 990-1000 The British Library)

Después de haber desnudado a Dios de las características antropomorfas que la mitología atribuye a los inmortales del Olimpo, Plinio debe en buena lógica volver a acercar a Dios a los hombres debido a los límites impuestos por necesidad a sus poderes. Es más, en un caso Dios es menos libre que los hombres, porque no podría darse muerte aunque quisiese: Dios no puede resucitar a los difuntos, ni hacer que el que vivió no haya vivido. No tiene ningún poder sobre el pasado, sobre lo irreversible del tiempo (II, 27). Como el dios de Kant, no puede entrar en conflicto con la autonomía de la razón, no puede evitar que diez más diez sean veinte, aunque definirlo en estos términos nos alejaría del pánico inmanente de su identificación con la fuerza de la naturaleza per quae declaratur haut dubie naturae potentia idque esse quod deum vocemus (II, 27).

Mapamundi en un salterio de ca. 1265 (Add. MS 28681, The British Library)

Los tonos líricos o lírico-filosóficos que dominan los primeros capítulos del libro II corresponden a una visión de la armonía universal que no tarda en agrietarse. Una parte considerable del libro está dedicada a los prodigios celestes.

La ciencia de Plinio oscila entre el intento de reconocer un orden en la Naturaleza y el registro de lo extraordinario y de lo único, y el segundo aspecto termina siempre por ganar la partida. La Naturaleza es eterna, sagrada y armoniosa, pero deja un amplio margen a la aparición de prodigios inexplicables. ¿Qué conclusión general debemos extraer? ¿Se trata de un orden monstruoso, hecho todo de excepciones a la regla? ¿O se trata de reglas tan complejas que escapan a nuestra comprensión? Con todo, en ambos casos debe existir una explicación para cada hecho, aunque sea desconocida por ahora: «Cosas todas de explicación incierta y escondida en la majestad de la Naturaleza” (II,  101),  y un poco más adelante: Adeo causa non deest (II, 115) Lo que falta non son las causas, pues siempre se puede encontrar una. El racionalismo de Plinio exalta la lógica de la causa-efecto, pero al mismo tiempo la minimiza: aunque encuentres la explicación a los hechos, no por ello los hechos dejan de ser maravillosos.

Plinio presenta su obra al emperador Vespasiano (BM MS.263 Naturalis historia Folio 10v ca. 1150)

La máxima que he citado en último lugar cierra un capítulo sobre el origen misterioso de los vientos, los pliegues de la montañas, las concavidades de los valles que devuelven los soplos del aire como los sonidos del eco, una gruta en la Dalmacia donde basta arrojar algo por ligero que sea para desencadenar una tempestad marina, o una roca en la Cirenaica que basta tocar con una mano para levantar un torbellino de arena. Plinio ofrece muchísimos catálogos de este tipo de hechos extraños no relacionados entre sí: sobre los efectos del rayo en el hombre, con sus heridas frías, que en las plantas solo perdona al laurel y en los pájaros al águila (II, 146); sobre las lluvias extraordinarias, de leche, de sangre, de hierro o de esponjas de hierro, de lana y de ladrillos cocidos (II, 147).

Libro de las maravillas del mundo o Viajes de Juan de Mandeville (1524) BNE.

Sin embargo, Plinio limpia el terreno de muchas quimeras, como los presagios de los cometas. Por ejemplo, él rebate la creencia de que un cometa que aparezca entre las partes pudendas de una constelación (¡qué no verían los antiguos en el cielo!), anuncie una época de relajación de las costumbres:  obscenis autem moribus in verendis partibus signorum (II, 93).

Pero cada prodigio se le presenta como un problema de la Naturaleza, en tanto que la otra cara de la norma. Plinio se defiende de las supersticiones, pero no siempre sabe reconocerlas, y esto es especialmente verdadero en el libro VII, donde habla de la naturaleza humana: incluso sobre hechos fácilmente observables transmite las creencias más abstrusas.

Es típico el capítulo de la menstruación (VII, 63-66), pero es necesario hacer notar que las noticias de Plinio van en la línea de los más antiguos tabús religiosos relacionados con la sangre menstrual. Existe una red de analogías y valores tradicionales que no entran en conflicto con la racionalidad de Plinio, como si también esta se asentase sobre el mismo terreno. Así, a veces se inclina a dar explicaciones analógicas de tipo poético o psicológico: «Los cadáveres de los hombres flotan boca arriba, los de las mujeres boca abajo, como si la naturaleza quisiese respetar el pudor de las mujeres muertas” (VII, 77)

Le livre de Lancelot du Lac & other Arthurian Romances, ca. 1275-1300 .Beinecke Rare Book & Manuscript Library, MS 229, fol. 31r

Rara vez Plinio transmite hechos testimoniados por propia experiencia directa: “He visto de noche durante los turnos de guardia de los centinelas brillar delante de las trincheras luces en forma de estrellas en las lanzas de los soldados” (II, 101).“Durante el principado de Claudio vimos un centauro que él hizo venir de Egipto conservado en miel” (VII, 35). “Yo mismo he visto en África a un ciudadano de Tisdro que se transformó de mujer en hombre el día de su boda” (VII, 36).

Ulisse Aldrovandi, Monstrorum Historia

Pero para un investigador como él, protomártir de la ciencia experimental, que había de morir asfixiado por los vapores del Vesuvio en erupción, las observaciones directas ocupan un lugar mínimo en su obra, y cuentan ni más ni menos como las noticias leídas en los libros, tanto más autorizadas cuanto más antiguas. Todo lo más que hace es curarse en salud declarando: “Sin embargo, no empeñaría mi palabra por la mayor parte de estos hechos, pero prefiero atenerme a las fuentes, a las que me remito en todos los casos dudosos, y no me canso de seguir a los griegos, que son los más exactos en las observaciones, así como los más antiguos” (VII, 8)

Pierre Henri de Valenciennes, La erupción del Vesubio. Plinio el Viejo en Estabia.

Después de este preámbulo, Plinio se considera autorizado a lanzarse a su famosa revista de las características “prodigiosas e increíbles” de ciertos pueblos de ultramar, que tendrá mucha fortuna en la Edad Media y también más adelante, y trasformará la geografía en un circo de fenómenos vivientes. Sus ecos se extenderán también en los relatos de viajes verdaderos como los de Marco Polo.

Caravana de Marco Polo hacia la India. Atlas catalán. Abraham Cresques, 1375.

No debe maravillar que las landas desconocidas en la frontera de la Tierra acojan a seres en la frontera de lo humano: los arimaspis con un solo ojo en medio de la frente, que se disputan las minas de oro con los grifos; los habitantes de los bosques de Abarimón, que corren rapidísimo con los pies del revés; los andróginos de Nasamón, que alternan uno y otro sexo cuando copulan; los tibios, que en un ojo tienen dos pupilas y en el otro la figura de un caballo. Pero el gran Barnum presenta sus números espectaculares en la India, donde se puede encontrar una población montañesa de cazadores con cabeza de perro y otra de saltadores con una sola pierna, que para descansar en la sombra se acuestan levantando su único pie para hacer de sombrilla; y otra aún nómada, con piernas en forma de serpiente; y los astomis sin boca, que viven oliendo perfumes.

Arimaspos, Crónicas de Núremberg
Hombre-sombrilla ,Crónicas de Núremberg

En medio se encuentran noticias que ahora sabemos que son verdaderas, como la descripción de los faquires indios (los llamados filósofos gimnosofistas),  o las que continúan alimentando las crónicas misteriosas que leemos en los periódicos (cuando se habla de «pies inmensos» podría tratarse del Yeti del Himalaya) o leyendas cuya tradición se prolongará durante siglos, como aquella de los poderes taumatúrgicos de los reyes (el rey Pirro curaba las enfermedades del bazo con el dedo gordo del pie).

De todo esto surge una idea dramática de la naturaleza humana como algo precario, inseguro: la forma y el destino del hombre penden de un hilo. Varias páginas están dedicadas a lo imprevisible del parto, casos excepcionales, dificultades y peligros. También esta es una zona fronteriza: cualquiera que existe podría no existir, o ser diferente, y todo lo que se decide está ahí. “En las mujeres embarazadas, todo influye en el parto, como por ejemplo el modo de caminar. Si toman comidas saladas, traerán al mundo un niño sin uñas; si no saben contener la respiración, tendrán más dificultad para parir; incluso un bostezo durante el parto puede ser letal; igual que un estornudo durante el coito puede provocar un aborto. La compasión y la vergüenza invaden a quien contempla cuán precario es el origen del más soberbio de los seres vivos: muchas veces para abortar basta el olor de una lámpara recién apagada. ¡Y pensar que de un comienzo tan frágil puede nacer un tirano o un verdugo! Tú, que confías en tu fuerza física, que estrechas entre tus brazos los dones de la fortuna y te consideras no su pupilo, sino su hijo. Tú, que tienes un alma dominante, tú, que con un simple éxito hinchas el pecho y te crees un dios, piensa qué poco habría bastado para destruírte” (VII, 42-44)

San Pedro de Cervatos

Se comprende que Plinio tuviera éxito en la Edad Media cristiana:

“Para pesar la vida en una balanza justa, siempre se debe recordar la fragilidad humana”.

El género humano es una zona de lo viviente que se define acotando sus fronteras. Por eso Plinio señala los límites extremos alcanzados por el hombre en todos los campos, y el libro VII se convierte en algo no muy diferente de lo que es hoy el Libro Guinness de los récords, sobre todo en los récords cuantitativos: fuerza para levantar pesos, velocidad en la carrera, agudeza de oído, memoria o extensión de territorios conquistados, aunque ambién en los récords púramente morales, de virtud, generosidad, bondad. No faltan los récords más curiosos: Antonia, la mujer de Druso, que no escupía nunca; el poeta Pomponio, que jamás eructaba (VII, 80); o el precio más alto pagado por un esclavo: el gramático Dafnis costó 700.000 sestercios (VII, 128)

Hay un solo aspecto de la vida humana sobre el que Plinio no se atreve a indicar récords o intentar medidas y comparaciones: la felicidad. No se puede decidir quién es feliz y quién no, pues depende de criterios subjetivos y opinables: Felicitas cui praecipua fuerit homini, non est humani iudicii, cum prosperitatem ipsam alius alio modo et suopte ingenio quisque determinet (VII, 130)

Si se quiere mirar a la verdad a la cara y sin engaños, ningún hombre puede llamarse feliz, y aquí se encuentra la casuística que Plinio dedica a las vicisitudes de la fortuna, a lo imprevisible de la duración de la vida, a la vanidad de la astrología, a las enfermedades, a la muerte. La separación entre las dos formas del saber que la astrología mantenía unidas, -la objetividad de los fenómenos calculables y predecibles y el sentimiento de la existencia individual del futuro incierto-, esta separación que constituye los presupuestos de la ciencia moderna, podemos decir que se presenta ya en estas páginas, aunque como una cuestión no definitivamente decidida todavía, de la que se precisa reunir una documentación exhaustiva. Cuando ofrece estos ejemplos, Plinio parece que se enreda un poco: todos los hechos acaecidos, todas las biografías, todas las anécdotas pueden servir para probar que la vida, considerada desde el punto de vista de quien la vive, no soporta cuantificaciones ni calificaciones, no permite ser medida o comparada con otras vidas. Su valor está dentro de ella misma, tanto más cuanto que las esperanzas y los miedos de un Más Allá son ilusorios.

Plinio comparte la opinión de que después de la muerte comienza una no-existencia equivalente y simétrica a la que precede al nacimiento. Por esta razón, la atención de Plinio se proyecta en las cosas del mundo, cuerpos celestes y territorios del globo, animales, plantas y piedras. El alma, a quien se le ha negado toda supervivencia, si se repliega en sí misma, solamente puede disfrutar de estar viva en el presente: Etenim  si  dulce  vivere est,   cui   potest   esse   vixisse?  At quanto facilius certiusque sibi quemque credere, specimen securitas antegenitali sumere experimento! (VII, 190). “Modelar la propia tranquilidad sobre la experiencia de antes del nacimiento”, o sea, proyectarse en la propia ausencia, única realidad segura antes de que viniésemos al mundo y después de que hayamos muerto. He aquí, pues, la felicidad de reconocer la infinita varidad de lo otro con respecto a nosotros que la Naturalis Historia expone ante nuestros ojos.

Paolo Balboni, Varanasi

Si el hombre está definido por sus límites, ¿no debería estarlo también del culmen donde puede destacar? Plinio se siente en la obligación de incluír en el libro VII la glorificación de las virtudes del hombre, la celebración de sus triunfos. Recurre a la historia romana como compendio de todas las virtudes, y está tentado a encontrar una conclusión pomposa condescendiendo a la alabanza imperial que le permitiría señalar el culmen de la perfección humana en la figura de Augusto. Pero diría que este no es el tono que caracteriza su tratamiento, sino la actitud titubeante, restrictiva y amarga, que es la que más se adecúa a su temperamento. Podríamos reconocer las cuestiones que acompañaron a la constitución de la antropología como ciencia. ¿Una antropología debe intentar salir de una perspectiva “humanística”, para alcanzar la objetividad de una ciencia de la naturaleza? ¿Los hombres del libro VII cuentan más en tanto que son “otros”, distintos de nosotros, quizás no más hombres o aún no hombres? Pero, ¿es posible que el hombre salga de la propia subjetividad hasta el punto de tomarse a sí mismo como objeto de ciencia? La moral que Plinio evoca invita a la cautela y a la prudencia: ninguna ciencia puede iluminarnos sobre la felicitas, sobre la fortuna, sobre la economía del bien y del mal, sobre los valores de la existencia. Cada individuo muere y se lleva consigo su secreto.

Marlon Brando en el rodaje de Julio César (Joseph L. Mankiewicz, 1953)

Con esta nota desconsolada Plinio podría concluir su tratado, pero prefiere añadir un elenco de descubrimientos e invenciones tanto legendarios como históricos. Anticipándose a muchos antropólogos modernos que defienden una continuidad entre la evolución biológica y la tecnológica, desde los utensilios paleolíticos a la electrónica, Plinio admite implícitamente que las aportaciones del hombre a la Naturaleza pasan a formar parte también ellas de la naturaleza humana. De aquí a establecer que la verdadera naturaleza del hombre es la cultura no hay más que un paso.

Pero Plinio, que no conoce las generalizaciones, busca lo específicamente humano en invenciones y usos que puedan ser considerados universales.  Según su opinión (o según sus fuentes), son tres los hechos culturales sobre los que se ha establecido un acuerdo tácito entre los pueblos: gentium consensus tacitus (VII, 210): la adopción del alfabeto (griego y latino), el afeitado del rostro masculino realizado por el barbero y las marcas de las horas del día en el reloj solar.

La tríada no podría ser más bizarra -por la conjunción incongruente de tres términos: alfabeto-barbero-reloj-, ni más discutible. De hecho, no es verdad que todos los pueblos tengan sistemas de escritura similares, ni es verdad que todos se rasuren la barba. Y en cuanto a las horas del día, el propio Plinio se extiende contando una breve historia de los diferentes sistemas de división del tiempo. Pero no queremos subrayar aquí la perspectiva “eurocéntrica”, que no es exclusiva de Plinio ni de su tiempo, sino la dirección en la que se mueve: el intento de fijar los elementos que se repiten constantemente en las culturas más diversas para definir aquello que es específicamente humano se convertirá en un principio del métido de la etnología moderna.

Paolo Balboni, Varanasi

Establecido este punto del gentium consensus tacitus, Plinio puede cerrar su tratado del género humano y pasar ad reliqua animalia, a los otros seres vivos.

El libro VIII, que pasa revista a los animales terrestres, comienza con el elefante, al que se le dedica el capítulo más largo. ¿Por qué esta prioridad para el elefante? Porque ciertamente es el animal más grande, y el tratado de Plinio procede conforme al orden de importancia que a menudo coincide con el orden del tamaño físico, pero también y sobre todo porque espiritualmente ¡este es el animal “más próximo al hombre”! Así se inicia el libro VIIIMaximum est elephas proximumque humanis sensibus.

De hecho, el elefante –se explica justo a continuación- reconoce el lenguaje de la patria, obedece órdenes, memoriza lo aprendido, conoce la pasión amorosa y la ambición de la gloria, cultiva virtudes “raras incuso en los hombres” como la probidad, la prudencia, la equidad, y tributa una veneración religiosa hacia las estrellas, el sol y la luna. Plinio no gasta ni siquiera una palabra, excepto aquel superlativo maximum, para describir este animal -por lo demás fielmente representado en los mosaicos romanos de la época-, sino que refiere solo las curiosidades legendarias que ha encontrado en los libros: los ritos y las costumbres de la sociedad elefantina se representan como si fuesen una población diferente de la nuestra, pero sin embargo digna de respeto y comprensión.

En la Naturalis Historia el hombre, perdido en medio de un mundo multiforme, prisionero de su propia imperfección, tiene por una parte el consuelo de saber que también Dios es limitado en sus poderes: Inperfectae vero in homine naturae praecipua solacia, ne deum quidem posse omnia (II, 27), y por otra, tiene como su prójimo directo al elefante, que puede servirle de modelo en el plano espiritual.

Aprisionado entre estas dos grandezas imponentes y benignas, el hombre aparece verdaderamente empequeñecido, pero no aplastado. La revista de los animales terrestres pasa, como en una visita infantil al zoo, del elefante a los leones, las panteras, los tigres, los camellos, las girafas, los rinocerontes y los cocodrilos. Siguiendo un orden decreciente según las dimensiones, se pasa a las hienas, los camaleones, los puercoespines, los animales de madriguera y también a los caracoles y lagartijas. Los animales domésticos se amontonan al final del libro.

Paisaje con animales y otras criaturas: elefante, lagartija, dragón, rinoceronte, cabra, girafa y camello (Grabado de Abraham de Bruyn 1578)

La fuente principal es la Historia animalium de Aristóteles, pero Plinio recupera de autores más fiables o más fantasiosos las leyendas que el Estagirita descartaba o refería solo para refutarlas. Esto ocurre tanto con las noticias de animales menos conocidos como con la mención y descripción de animales fantásticos, cuyo catálogo se mezcla con el de los primeros. De este modo, hablando de los elefantes, una digresión nos informa de los dragones, sus enemigos naturales. Y a propósito de los lobos, Plinio registra (aunque sea para burlarse de la credulidad de los griegos) las leyendas de los licántropos. De esta zoología forman parte la anfisbena, el basilisco, el catoblepas, las crócotas, las corocotas, los leucocrotos, los leontofontes, las mandrágoras, que desde esta página pasaran a poblar los bestiarios medievales.

La mandrágora, criatura entre planta y hombre en el Dioscórides, De materia medica, s.VII, Napoles Biblioteca Nazionale, Cod Gr 1 f.90

La historia natural del hombre se extiende por la de los animales durante todo el libro VIII, no solo porque las nociones transmitidas se refieren en gran medida a la cría de los animales domésticos y a la caza de los salvajes -además de la utilidad práctica que saca el hombre de unos y otros-, sino porque también es un viaje por la fantasía humana con Plinio como guía.

El animal, sea real o fantástico, ocupa un lugar privilegiado en la dimensión de lo imaginario. Apenas es nombrado, se inviste de un poder fantasmal, se convierte en alegoría, en símbolo, en emblema.

Por ello recomiendo al lector errabundo detenerse además de en los libros más “filosóficos” (el II y el VII), también en el VIII, por ser el más representativo de una idea de la Naturaleza que se expresa profusamente a lo largo de los 37 libros de la obra: la Naturaleza como algo que es externo al hombre, pero que no se distingue de lo que es más intrínseco a su mente, el alfabeto de los sueños, el código secreto de la imaginación, sin el cual no se dan ni la razón ni el pensamiento.

Gregory Colbert, Ashes and Snow
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BESOS EN CUARENTENA

BESOS EN CUARENTENA

René Magritte, Los amantes (1928)

Soul meets soul on lover´lips

(Percy B. Shelley, Prometheus Unbound, Act IV)

En tiempos de pandemia, confinamiento y cuarentena, los amantes habrán de mantener su deseo a raya, si no quieren salir en los periódicos por incumplir las normas.

El diario The Telegraph define así el comportamiento del responsable del equipo del Imperial College London, el epidemiólogo Neil Ferguson: 

«una imperdonable mezcla de ὕβρις e HIPOCRESÍA»

Creía ser inmune y permitió que su amante cruzara Londres al menos en dos ocasiones para estar juntos.

Pedro Almodóvar, Los abrazos rotos (2009)

La FILEMANÍA es el deseo de besar y es totalmente cierto que este acto humano hace que segreguemos un cóctel prodigioso de hormonas de la felicidad: oxitocina, endorfinas, testosterona, serotonina, histamina…, que nos produce la

SENSACIÓN DE FLOTAR

Paul Newman y Joanne Woodward en Samantha

JUAN SEGUNDO

Beso 2

Igual que la aledaña vid se aprieta al olmo con lascivia

y las retorcidas hiedras ciñen con sus inmensos

brazos la espigada encina,

¡ay, Neera, si tú pudieras  

serpentear por mi cuello con el lazo de tus brazos!

¡Ay, Neera, si yo pudiera

enlazar tu blanco cuello en un eterno abrazo,

unido a ti en un beso sin fin!

Entonces, ni las cuitas de Ceres, ni las de Baco amigo,

ni las del encantador Sueño

podrían arrancarme, vida mía, de la púrpura de tu boca.

Pero, como amantes que agonizan en los besos

que se cruzan, una sola barca nos llevaría a los dos

a la pálida morada de Ditis.

Luego, por campos perfumados y primavera eterna,

seríamos guiados a los lugares

donde siempre las heroínas, entregadas a sus antiguos amores,

en medio de los héroes ilustres,

dirigen las danzas o entonan por turnos felices

sus canciones en un valle de mirtos.

Allí, con las violetas, las rosas y los narcisos de rubios cabellos

se divierte el bosque de laurel

en las trémulas umbrías, y con crepitante susurro

los tibios Céfiros silban eternamente

suaves, y la tierra que no ha sido herida por el arado

abre sus pechos fecundos.

Toda la turba de bienaventurados se levantaría ante nosotros,

y en sitiales de hierba nos colocarían

entre los Meónidas en un lugar preferente.

Y ninguna de las amantes de Júpiter, despojada

de su lugar de honor, se indignaría por cedérnoslo,

y tampoco la tindárida Helena, por él engendrada.

Beso 14

¿Por qué me ofreces tus labios de fuego?

No, no quiero besarte, dura Neera,

más dura que el duro mármol.

¿Tanto estimo esos mansos

besos tuyos, ¡oh, orgullosa!,

que rígido una y otra vez con mi miembro erecto

atravieso tu túnica y la mía,

y enloquecido por un deseo insatisfecho,

me consumo yo, pobre de mí, con mi sexo ardiendo?

¿A dónde huyes? Quédate, y no me niegues

tus ojos ni tus labios de fuego.

Ahora sí, ahora quiero besarte, dulce Neera,

más dulce que el dulce meollo de un ganso.

Rodolfo Valentino en El hijo del Caid (1926)

Beso 16

Tú, más tierna que el níveo astro de Latona,

y más hermosa que la áurea estrella de Venus,

dame cien besos,

dame tantos besos como le dio

Lesbia a su ardoroso poeta, y tantos como ella recibió.

Tantas tiernas Venus, tantos Cupidos

andan vagando por tus labios

y por tus rosadas mejillas,

como vidas y muertes llevas en tus ojos,

como esperanzas, como miedos,

como gozos mezclados con cuitas sin fin

y suspiros de amantes.

Dame tantos dardos como en mi pecho

clavó la funesta mano del dios alado,

y tantos como reservó

en su aljaba de oro.

Añade también caricias, y palabras dichas en alto,

y murmullos entre suaves susurros crepitantes,

no sin tu grata risa,

no sin tus gratos mordiscos:    

como las palomitas de Caonia, que alternan

los arrullos de sus picos con trémulos aleteos,

cuando el duro invierno se retira

con los primeros vientos Favonios.

Reclinada con desmayo en mi mejilla,

gira a un lado y a otro tus ojos de agua

y pídeme que te sostenga, sin aliento,

entre mis brazos.

Yo te estrecharé con el lazo de mis brazos,

te apretaré fría contra mi cálido pecho

y te devolveré la vida

con el aliento de un largo beso,

hasta que en esos besos de rocío

también a mí me falte el aire,

y te pida desfallecido

“¡Cógeme en tus brazos!”.

Me estrecharás con el lazo de tus brazos, mi amor,

y aliviarás mi frío con la caricia de tu tibio pecho,

y me insuflarás vida

con el rocío de un largo beso.  

Así, luz de mi vida, gocemos juntos

el tiempo de la edad florida: mira, ya la achacosa

vejez viene arrastrando sus cuitas,

la enfermedad y la muerte.

Epidemia de gripe (1937)

Beso 3

“Dame un beso –dije- mi dulce amor”

Entonces tú libaste mis labios con los tuyos.

Luego, como quien salta aterrorizado por haber pisado una serpiente,

apartas de repente tu boca de mi boca.

Esto no es dar un beso, luz de mi vida, sino dar solo

la triste añoranza de un beso.

Alfred Hitchcock, Encadenados (1946)

Johannes Secundus, Basia

Traducción Maite Jiménez (mayo 2020)

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