WONDER WOMAN

WONDER WOMAN

Gal Gadot como Wonder Woman/Diana Prince en Wonder Woman (2017)
Guía las huestes de las Amazonas de escudos lunados
Pentesilea, que arde llena de furia en medio de miles,
con el ceñidor dorado atado bajo el pecho desnudo,
virgen guerrera que se atreve a enfrentarse a los hombres.
(Virgilio, Eneida I, 490-493)

Los griegos recordaban con frecuencia que una tribu insólita de mujeres guerreras se había enfrentado a sus varones más valerosos y a sus héroes más famosos:

En su noveno Trabajo HÉRCULES combatió a HIPÓLITA, hermana de PENTESILEA, que tenía un cinturón mágico regalo de su padre Ares.

TESEO acompañó a Hércules en la expedición y secuestró a ANTÍOPE, a MELANIPA ó a la propia HIPÓLITA y tuvo a Hipólito de esta unión, según cuenta Plutarco.

Salinurfa (Turquía)

Las Amazonas decidieron vengar el desprecio de Teseo al casarse con Fedra e inocularon el veneno de los celos y de la pasión aberrante de la princesa cretense hacia su hijastro.

Los griegos combatieron a las AMAZONAS con determinación, como si se tratara de terribles criaturas peligrosas y violentas. Nada tenían que ver estas mujeres con las Titanomaquias, Gigantomaquias o las Centauromaquias, pero ellos recordaron las sangrientas batallas en las innumerables series de su particular

AMAZONOMAQUIA

Mausoleo de Halicarnaso (Museo Británico)

Las AMAZONAS se retiraron a la Escitia con la tribu de los sármatas y perfeccionaron sus habilidades bélicas. Aprendieron a cabalgar como ellos y su dominio de la arquería era espectacular.

El sabio Heródoto cuenta la convivencia de las Amazonas con los sármatas. Ellos fueron los que les pusieron el nombre de οἰόρπατα , que se dice en griego ἀνδροκτόνος:

MATA-HOMBRES

Al principio los sármatas pensaban que aquellas chicas eran muchachos de una misma edad.

Mandaron a unos jóvenes para que averiguaran qué raza de criaturas eran y la Naturaleza obró el milagro: muchos jóvenes escitas amaron a las Amazonas.

Pero ellas, aunque se dejaban querer, no tenían planes de formar familia. Les decían que no estaban dispuestas a casarse y a hilar, limpiar, cuidar de los niños y quedarse encerradas en casa.

Las mujeres escitas celebraron por todo lo alto que las Amazonas, peligrosas competidoras, se fueran a otros territorios por no querer entrar por el aro de ocuparse de las cosas que manda la tradición para las mujeres.

Sephoris (Palestina)

De su estancia entre los sármatas escitas, las Amazonas se llevaron una prenda muy cómoda para cabalgar y también para luchar a pie:

LOS PANTALONES

A partir de esta emigración de las mujeres guerreras, los poetas hablan de ellas como habitantes del Ponto, o de Turquía:

PENTESILEA, reina de las Amazonas, luchaba por Troya. Aquiles quedó cautivo de su bravura en la batalla y de su exótica belleza. Ella cayó herida y él la apartó del combate porque no quería que muriera. Fue en vano.

Cuando cuenta la historia de Belerofonte, el anciano rey troyano Príamo dice que el héroe mató a las

Ἀμαζόνες ἀντιάνειραι

«VARONILES AMAZONAS»

Y que él mismo pudo verlas cuando estuvo en Frigia.

Píndaro las sitúa entre el Janto y el Istro

Los griegos llevaban mal la diversidad, sobre todo cuando unas mujeres guerreras, valientes, jóvenes y bellas desafiaban el orden establecido en sus civilizadas constituciones y amenazaban la paz de su hogar.

Sus polis no superaron las refriegas y guerras con el

βάρβαρος

El «BÁRBARO» es el que dice torpemente «ba-ba», porque habla una lengua tosca, inferior y por tanto irrelevante en el universo helénico.

¿Qué sería de la paz de los hogares griegos si sus mujeres empezaran a querer hacer deporte, montar a caballo, empuñar la espada, el escudo, manejar arco y flechas y tener sexo libremente, tener niños y abandonar a sus parejas para criarlos en solitario?

UN PELIGRO PÚBLICO

Los poetas se encargaron de inventar etimologías pseudocientíficas para ponerlas en entredicho, como por ejemplo, que su nombre significaba

ἀμαζών

«sin pecho» porque se lo cauterizaban para poder manejar mejor el arco.

Romper con la SIMETRÍA del cuerpo, desnudar el cuerpo femenino era propio de PROSTITUTAS.

La mala fama estaba en marcha…

Para los niños griegos decir «¡Que vienen las Amazonas!» era como decir «¡Que viene el Coco!»

Ninguna mujer podía ser «como los hombres», como decía Homero, sin pagar un precio muy alto:

SER UNA OUTSIDER

En la isla de TEMISCIRA el tiempo se ha detenido como si la hubiese envuelto una cápsula, y sus habitantes, las deslumbrantes AMAZONAS, no han muerto, como nos hicieron creer los poetas griegos.

A ellos les interesó ver morir a Pentesilea, a Hipólita, a Antíope y a Melanipe.

Pero no fue así, y prueba de ello son estos testimonios del gran conocedor de la mitología y escritor William Moulton Marston

Temiscira es un paraíso, es ISLA PARAÍSO:

-“Nunca tuve un padre. Mi madre me esculpió en arcilla y Zeus me trajo a la vida”. (Diana Prince)

HIPÓLITA, reina de las Amazonas, ha puesto a su niña el nombre de la diosa que inspirará su vida, ÁRTEMIS: cazadora, virgen, guerrera, independiente y vestida de corto para desafiar la rancia moral masculina. Para no molestar a la divinidad de los bosques y de la luna, ha preferido ponerle el nombre itálico:

DIANA

La tía ANTÍOPE entrena a la joven en el arte de la guerra cuerpo a cuerpo. No solo es la mejor de todas las alumnas, sino que además destaca por unas cualidades excepcionales nunca antes vistas.

Es difícil mantener eternamente la independencia, el aislamiento y la pureza de las costumbres.

A veces, visitantes extranjeros lo cambian absolutamente TODO.

De nuevo los varones trastocarán la vida de las

mujeres que se parecen a los hombres:

-“Sé cuidadosa en el mundo de los hombres Diana. No te merecen. Siempre has sido mi más grande amor. Hoy, te conviertes en mi más grande dolor”. (La reina Hipólita)

E incluso las circunstancias obligarán a la joven MUJER MARAVILLA a abandonar su indumentaria y a esconder sus armas para que de nuevo no amenacen el orden establecido por los hombres.

La historia se repite, no hemos nacido ayer y nada nuevo bajo el sol…

La FUERZA DEL DESTINO, que es más fuerte que los esfuerzos de mamá, de la tía y de toda la tribu, más poderosa que ella misma, le tiene preparado un FUTURO HERÓICO.

No habrá más acusaciones de pecar de HYBRIS, no habrá más barreras.

-“Si nadie va a defender el mundo,

entonces lo haré yo”.

(Mujer Maravilla)

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MIS VAQUEROS Y YO

MIS VAQUEROS Y YO

David Gandy

UMBERTO ECO

«IL PENSIERO LOMBARE»

(Sette anni di desiderio. Tascabile Bompiani, Milano 1983)

Il Corriere della Sera, 12 agosto 1976:   «Il pensiero lombare o del vivere in jeans»

Para mi amiga Puri, @LuzQuinteiro, que me recomendó encarecidamente que leyese este texto de Umberto Eco.

Hace algunas semanas, en esta misma página, Luca Goldoni escribió desde la costa adriática un divertido reportaje sobre las desventuras del que lleva vaqueros por imperativo de la moda y ya no sabe cómo sentarse y cómo acomodar su aparato reproductor externo.

Creo que el problema planteado por Goldoni está cargado de reflexiones filosóficas que quisiera continuar por mi cuenta y con la máxima seriedad, porque ninguna experiencia cotidiana es demasiado vil para el hombre de pensamiento, y es hora de hacer caminar a la filosofía, más que sobre sus propios pies, sobre sus propios lomos.

Camille Flammarion, Atmosphere (1888)

He llevado vaqueros cuando pocos los llevaban y solo en vacaciones, por cierto. Los encontraba y los encuentro muy cómodos, especialmente de viaje, ya que con ellos no hay problemas de arrugas, desgarrones o manchas. Hoy se llevan también por estética, pero ante todo son muy prácticos. Lo único es que desde hace unos años he tenido que renunciar a este placer porque he engordado. Es verdad que, si se busca bien, se encuentra la talla XL (en Macy´s en Nueva York se encuentran vaqueros incluso para Oliver Hardy), pero son, además de cintura ancha, de pierna ancha.  Uno se los puede poner también, pero no quedan bien.

Recientemente, tras haber reducido el consumo de alcohol, he perdido el número de quilos suficiente para volver a probarme unos vaqueros casi normales. He pasado el calvario descrito por Goldoni, con la muchacha de la tienda que decía: “meta la barriga, verá cómo luego se adaptan”, y me he ido sin meter la barriga para adentro (no me rebajo a compromisos de este tipo).

Sin embargo, después de mucho tiempo, he vuelto a disfrutar de un pantalón que, más que ceñirse a la cintura, se apoya en las caderas, ya que es propio de los vaqueros presionar sobre la región sacrolumbar y sostenerse no por suspensión, sino por adherencia.

Después de tanto tiempo, la sensación era nueva. No hacían daño, pero hacían sentir su presencia. Por muy elásticos que fuesen, sentía alrededor de la mitad inferior de mi cuerpo una armadura. No podía, aunque quisiera, meter o retorcer el vientre dentro de los pantalones, sino que, a lo sumo, debía meterlo o retorcerlo junto con los pantalones, pues, por así decirlo, éste divide el cuerpo de uno en dos zonas independientes: una por encima de la cintura -libre de la prenda-, y la otra -que se identifica orgánicamente con el vestido-, justo desde debajo de la cintura hasta los tobillos.

Descubrí que mis movimientos, el modo de caminar, de girarme, de sentarme o de apurar el paso eran diferentes, ni más difíciles ni más fáciles, sino ciertamente diferentes.

En consecuencia, vivía sabiendo que llevaba vaqueros, mientras que habitualmente se vive olvidando que se llevan calzoncillos o pantalones.

Vivía para mis vaqueros, y, en consecuencia, adoptaba el porte de quien lleva vaqueros. En cualquier caso, adoptaba una compostura. Es curioso que la indumentaria más informal y anti-etiqueta por tradición sea la que impone más etiqueta.

Tom Ford

Habitualmente soy un poco bruto: me siento como cuadra y me abandono donde me apetece sin pretensiones de elegancia. Los vaqueros me controlaban estos gestos, me hacían más educado y más serio.

Lo he hablado largo y tendido, sobre todo con consejeras del sexo opuesto, por las que he podido aprender lo que por otra parte ya había sospechado: que para las mujeres experiencias de este tipo son habituales, porque toda su indumentaria ha sido siempre concebida para conferirles una compostura: tacones altos, corsés, sujetadores de varillas, ligueros, jerseys estrechos estrechos…

Horst P. Horst (1939)

Pensé entonces cuánto había influído en la historia de la civilización el vestido como armadura en la compostura y, en consecuencia, en la moralidad exterior.

El burgués victoriano era rígido y moderado debido a los cuellos duros;

el rigor del caballero decimonónico estaba determinado por redingotes ajustados, botines y sombreros de copa que no permitían movimientos bruscos de la cabeza.

Si Viena hubiese estado en el Ecuador y sus burgueses hubieran ido en bermudas, ¿habría descrito Freud los mismos síntomas neuróticos, los mismos triángulos edípicos? Y ¿les habría descrito del mismo modo de haber sido él, el médico, un escocés en kilt (bajo el que, como es sabido, la regla es no llevar ni siquiera el slip)?

Una indumentaria que comprime los testículos hace pensar de modo diferente.

Las mujeres durante la menstruación, los que padecen de orquitis, hemorroides, utretritis, prostatitis y similares saben bien cuánto influyen en el humor o en la agilidad mental las apreturas o los dolores en la zona sacroilíaca. Y lo mismo puede decirse (quizás en menor medida) del cuello, los hombros, la cabeza o los pies.

Una Humanidad que ha aprendido a andar con zapatos ha orientado su pensamiento de modo diferente a como lo habría hecho de haber andado con los pies descalzos.

Es triste, especialmente para los filósofos de la tradición idealista, pensar que el Espíritu tiene su origen en estos condicionamientos. Pero no solo es así, sino que lo bueno del caso es que Hegel también lo sabía y por eso estudiaba las protuberancias craneales identificadas por los frenólogos, precísamente en un libro que se titulaba “Fenomenología del Espíritu”.

Pero el problema de mis vaqueros me empujó a hacer otras observaciones. No solo la indumentaria me imponía una compostura, sino que además, al centrar mi atención en la compostura, me obligaba a vivir hacia el exterior.

Es decir, reducía el ejercicio de mi interioridad.

Para gente que ejerce mi profesión, es normal caminar pensando en otra cosa: en el artículo que tienes que escribir, en la conferencia que hay que dar, en las relaciones entre el Uno y lo Múltiple, en el gobierno de Andreotti, cómo se enfoca el problema de la redención, si hay vida en Marte, en la última canción de Celentano,

en la paradoja de Epiménides

Magritte

Es lo que en nuestro gremio llamamos vida interior.

Pues bien, con mis nuevos vaqueros, mi vida era toda exterior: pensaba en la relación entre yo y mis pantalones, y la relación entre yo, mis pantalones y la sociedad circundante.

Había realizado la heteroconsciencia, o sea, una autoconciencia epidérmica.

Dali, “Venus de Milo con cajones” (1936) o “El escritorio antropomórfico”

Entonces me di cuenta de que en el transcurso de los siglos, los pensadores han luchado por deshacerse de la armadura.

Los guerreros vivían en la exterioridad, todos forrados de lorigas y cotas de malla,

Salterio Gorleston. Inglaterra, Suffolk 1310-1324. Ms 49622, f. 193v.

pero los monjes habían inventado una prenda que, a la vez que respondía de por sí a las exigencias de la compostura (majestuosa, fluída, toda de una pieza y que caía en pliegues estatuarios), dejaba el cuerpo (dentro y debajo) completamente libre y olvidado de sí. Los monjes eran ricos en interioridad y muy sucios: el cuerpo estaba defendido por un hábito que lo ennoblecía a la vez que lo liberaba, pues era libre de pensar y de olvidarse de sí mismo.

Jean-Jacques Annaud, El nombre de la rosa (1986)

Esta idea era no solo eclesiástica, pues baste pensar en las bonitas batas que se ponía Erasmo.

Hans Holbein

Cuando el intelectual también tiene que vestirse con armaduras laicas (pelucas, jubones y calzones), vemos que, cuando se retira a pensar, se pavonea astutamente con ricas batas y holgados camisones droláticos, a lo Balzac.

Rodin, Balzac en robe de moine

El pensamiento aborrece las mallas.

Pero si es la armadura la que impone vivir en la exterioridad, entonces la milenaria sujeción femenina se debe también al hecho de que la sociedad impuso a la mujer armaduras que la empujaban a descuidar el ejercicio del pensamiento.

Libro de Horas s. XIV. Ms. Yates Thomson 46 British Library

La mujer ha estado esclavizada por la moda, no solo porque le impusiera ser atractiva, sino también porque, al tener una compostura etérea, graciosa y excitante, la convertía en objeto sexual.

Ha estado esclavizada sobre todo porque la vestimenta que se le aconsejaba le imponía psicológicamente vivir para la exterioridad, lo que lleva a pensar cuán intelectualmente dotada y heróica tenía que ser una muchacha para convertirse con aquellos vestidos en Madame de Sevigné, Vittoria Colonna, Madame Curie o Rosa Luxemburgo.

Marie Curie

La reflexión tiene cierto valor porque nos induce a descubrir que los vaqueros que la moda impone hoy a las mujeres –símbolo aparente de liberación y de paridad con los hombres– son otra trampa de la Dominación, porque no liberan el cuerpo, sino que lo someten a otra etiqueta y lo aprisionan en otras armaduras que no parecen tales porque aparentemente no son “femeninas”.

Como reflexión final diré que, al imponer una compostura exterior, la ropa es un artificio semiótico, o sea, una máquina para comunicar.

Esto es algo que se sabía, pero no se había intentado aún establecer su paralelismo con las estructuras sintácticas de la lengua, que, al decir de muchos, influyen en el modo de articular el pensamiento.

También las estructuras sintácticas del lenguaje del vestido influyen en nuestro modo de ver el mundo y de un modo mucho más físico que la consecutio temporum o la existencia del subjuntivo.

Observad un poco por cuántos caminos misteriosos pasa la dialéctica entre opresión y liberación, y la dura lucha para arrojar luz sobre el tema.

También pasa por las ingles.

Traducción Maite Jiménez (Junio 2019)

Blue Jean-I just met me a girl named Blue Jean
Blue Jean-she got a camouflaged face and no money
Remember they always let you down when you need ‘em
Oh, Blue Jean – is heaven any sweeter than Blue Jean
She got a police bike
She got a turned up nose
Sometimes I feel like
(Oh, the whole human race)
Jazzin’ for Blue Jean
(Oh, and when my Blue Jean’s blue)
Blue Jean can send me
(Oh, somebody send me)
Somebody send me
(Oh, somebody send me)
One day I’m gonna write a poem in a letter
One day I’m gonna get that faculty together
Remember that everybody has to wait in line
Blue Jean-look out world you know I’ve got mine
She got Latin roots
She got everything.

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HOMUNCULUS

HOMUNCULUS

Pigmeos
“Cuando habían recorrido en muchas jornadas una gran extensión de país arenoso, vieron al fin árboles que crecían en una llanura; y, acercándose, empezaron a coger los frutos que había en los árboles, pero mientras los cogían les atacaron unos hombres pequeños, de una talla inferior a la normal y, apresándolos, se los llevaron. Pero los nasamones no entendían su lengua ni los que se los llevaban la lengua de los nasamones. Y se los llevaron a través de extensas marismas y, después de cruzar estas marismas, llegaron a una ciudad donde todos eran de la estatura de sus raptores, y negros de color. A lo largo de aquella ciudad corría un gran río, y corría de poniente hacia sol levante; y en él se veían cocodrilos
(Heródoto, Fábula de Etearco : 2, 32)
Casa de Neptuno (Itálica)

El cartógrafo ORTELIUS situó en las regiones septentrionales, en el mismísimo casquete polar de su mapa, el país de unos seres pequeñitos que despertaron la imaginación de los viajeros de todas las épocas:

PIGMEOS

πυγμαῖοι

Entre el codo y el puño hay una medida de 18 dedos, 338 milímetros más o menos, y para los griegos eso era el πυγμή, el puño.
De la raíz del puño deriva el enanito latino, el PUMILIO, también llamado TRISPÍTAMOS por Plinio, porque no abulta más que tres palmos.

El πυγμαῖος es una persona del tamaño de un puño, perteneciente a un pueblo fabuloso cuyos individuos -siempre según los poetas- no alcanzaban una estatura mayor que un codo.

Gualterus Disney, Nivea et septem pumiliones (MCMXXXVII a.D.)

En sus innúmeros viajes, Heracles visitó lugares insólitos, no solo de la Hélade, sino de todo el Mediterráneo. Entre trabajo y trabajo de obligado cumplimiento, y siempre al servicio de Euristeo de Tirinto, vivió otras aventuras con seres increíbles.

Es lo que tienen los viajes, que te encuentras con maravillas. Y todos los viajeros de todas las épocas deben relatar a su vuelta sus experiencias y sus descubrimientos.

Sin ellos, no existiría la geografía.

Pigmeos defendiéndose de las grullas en el Atlas Catalán de Cresques

El gigante Anteo, hijo de Gea, custodiaba con afán sus reinos que se extendían más allá del estrecho de Gibraltar, y mataba a todo el que hollase sus dominios. Con los cráneos de los caídos decoraba su particular templo a Poseidón.

Hércules luchó con él. Anteo caía al suelo una y otra vez cansado por el combate, y la Madre Tierra le insuflaba aliento y fuerzas todas las veces. Hércules lo asfixió levantándolo en vilo para separarlo de la protección telúrica.

Pintura, firmada por Eufronio, en la cara A de una crátera de cáliz de figuras rojas atribuida a Euxiteo: Heracles lucha con el gigante Anteo. 515 – 510 a. C. Museo del Louvre, G 103.

El héroe, exhausto, se tumbó en la tierra. Al despertarse, se encontró rodeado por unos hombres diminutos. Cuenta Filóstrato el Viejo que estos seres se llaman PIGMEOS, robustos atletas y esforzados luchadores, así mismo hijos de Gea.

Muy pegados a su madre, horadan la tierra y viven en ella como las hormigas. Hércules luchó con ellos, entre carcajadas, y cuando los hubo cansado, los envolvió en la piel del león de Nemea para llevárselos como trofeo a Euristeo.

Dosso Dossi

Algo parecido le sucedió a Gulliver, quien despertó cautivo de una tropa de hombres de una altura de seis pulgadas, unos 15 cm. El viajero inglés prometió portarse bien, fue liberado, y caminó entre los habitantes de Lilliput teniendo mucho cuidado de no pisarlos.

Los viajes de Gulliver

A pesar de perseguir al pensamiento científico, muchos sabios del Mundo Antiguo no pudieron resistir la tentación de teñir de fábula la existencia de los PIGMEOS.

Así, el mismísimo Aristóteles, cuando habla de las aves migratorias, sugiere que las GRULLAS, en alguno de sus viajes invernales desde latitudes boreales, cuando buscan el clima cálido de África, se instalan en Egipto, y es cuando tropiezan con los PIGMEOS. Insiste en que esto no es mitología, que de verdad luchan con las grullas, que viven en cuevas y que sus caballos son de tamaño proporcional a sus pequeñas dimensiones.

Villa Selene (Leptis Magna)

Dicen los mitógrafos que entre los PIGMEOS vivía una joven llamada ÉNOE, que, a pesar de tener un aspecto físico nada despreciable, tenía mal carácter y era tan soberbia, que no rindió el culto correspondiente a las diosas Ártemis y Hera.

Cuando tuvo a su hijo MOPSO, todos los PIGMEOS le hicieron muchos regalos por su maternidad.

Pero las diosas del Olimpo son envidiosas y celosas, y la mayoría de las veces arremeten contra las mujeres que consideran rivales en belleza, maternidad o habilidad.

Mujeres pigmeas de Wazembe en África Central  © Teddy Seguin GEO

Entonces sucede lo de siempre, la transformación de la muchacha molesta en un animal:

Hera metamorfoseó a ÉNOE en GRULLA, e hizo que en su sangre hirviera el odio contra los PIGMEOS.

Jacob van Maerlant, Der Naturen Bloeme. Flandes, circa 1350

Quizás la pobre madre, llamada ahora Γεράνα, GÉRANA, solo quería estar cerca de su hijito, y por eso revoloteaba por el poblado de los PIGMEOS.

Los PIGMEOS se armaban y la combatían en una verdadera

GERANOMAQUIA

Le Combat des Pygmées contre les grues. Robinet Testard, [France], vers 1480. Français 22971, f. 47v © Bibliothèque nationale de France

Los PIGMEOS luchan contra las GRULLAS de modo épico, como los héroes de Homero:

Puestos en orden de batalla con sus respectivos jefes, los teucros avanzaban chillando y gritando como aves—así profieren sus voces las grullas en el cielo, cuando, para huir del frío y de las lluvias torrenciales, vuelan gruyendo sobre la corriente del Océano y llevan la ruina y la muerte á los pigmeos, moviéndoles desde el aire cruda guerra—y los aqueos marchaban silenciosos, respirando valor y dispuestos á ayudarse mutuamente.
(Ilíada III, 1ss. Trad. de Luis Segalá)

Ya que los PIGMEOS existen, como ha quedado demostrado, no debes descartar encontrarte con ellos en cualquier momento.

Si vas a Egipto, podrás conocer una tribu de PIGMEOS orfebres.

Hay otros que doman hipopótamos en el Nilo.

Pompeya

HANNÓN el NAVEGANTE viajó hasta el Golfo de Guinea y se trajo dos PIGMEOS y un gorila.

El propio JABATO se las vio en África con estos hombre pequeños pero belicosos.

También se encontró con ellos TARZÁN…

…y JIM DE LA JUNGLA.

William Berke, Pygmy Island (1950)

 

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